LA VIDA DE LAZARILLO
DE TORMES Y LOS DOS DIÁLOGOS DE ALFONSO DE VALDÉS:
PALABRAS Y ASUNTOS EN COMÚN
Los escritores
de una época tienen un instrumento común, la lengua, y es muy
difícil, por tanto, que pueda esta convertirse en prueba de la autoría
de una obra. Sin embargo, sí pueden unirse algunos de sus rasgos caracterizadores
a otras pruebas, y sobre todo, sí puede ser significativa la inexistencia
de disonancias marcadas en su uso. Alfonso de Valdés escribe tres
obras, dos Diálogos y La vida de Lazarillo de Tormes.
Sus dos diálogos pertenecen a un mismo género literario y tienen
objetivos semejantes: la defensa de la política imperial y la denuncia
de una iglesia corrupta; su tercera obra comparte con ellos sólo la
ideología, esa denuncia de los vicios de los miembros de una iglesia
necesitada de reforma, como propugnaba Erasmo. Hay algo muy evidente: las
tres obras hablan de clérigos corruptos, de vivencia equivocada de
la religión o de cortesanos que no desempeñan bien su oficio;
en suma, en las tres aflora una ideología claramente erasmista.
[...]
[Epígrafes de los apartados del estudio:]
1. Los prólogos
2. Palabras y expresiones comunes
2. 1. La presencia de poliptotos
2. 2. Coincidencias marcadas
3. Asuntos comunes a las tres
obras
3. 1. El ataque a las bulas
3. 2. Los clérigos amancebados
3. 3. La falta de caridad de
los clérigos: su avaricia, su codicia
3. 4. Las supersticiones
3. 5. Los malos confesores
3. 6. Nunca decir al señor
cosa que le pese: el arte del cortesano
4. Final
Las ánimas interrumpen
la historia que le cuenta Mercurio a Carón, el discurso político,
y lo hacen “con algunas gracias y buena doctrina”, como dice Alfonso de Valdés
en el prólogo. Esas ánimas están ahí para dar
sabor al lector que leía una materia “en sí desabrida”, es
lo que don Juan Manuel decía en el prólogo de su Conde Lucanor:
Et esto fiz segund manera que
fazen los físicos, que, cuando quieren fazer alguna melizina que aproveche
al fígado, por razón que naturalmente el fígado se paga
de las cosas dulçes, mezclan con aquella melezina que quieren melezinar
el fígado, açúcar o miel o alguna cosa dulçe
.
Este prólogo tiene además
otros elementos que Alfonso de Valdés recrea en los tres que pone
a sus obras; así las diferencias entre las voluntades e intenciones
de los hombres nos lleva a la diferencia de gustos de la que se habla en
el del Lazarillo:
Entre muchas cosas estrañas et marabillosas que nuestro señor
Dios fizo, tovo por bien de fazer una muy marabillosa: esta es que de quantos
omnes en el mundo son, non a uno que semeje a otro en la cara [...] Et pues
en las caras, que son tan pequeñas cosas, ha en ella tan grant departimiento,
menor marabilla es que aya departimiento en las voluntades et en las entenciones
de los omnes. Et assi fallaredes que ningun omne non se semeja del todo en
la voluntad nin en la entençión con otro, p. 27.
En el prólogo del Lazarillo,
afirma el escritor: “Mayormente, que los gustos no son todos unos, mas lo
que uno no come, otro se pierde por ello; y así vemos cosas tenidas
en poco de algunos que de otros no lo son” , p. 3. Idea que está también
en el Diálogo de la lengua: “Ya sabéis que, assí como
los gustos de los hombres son diversos, assí también lo son
los juizios; de donde viene que, muchas vezes, lo que uno aprueva condena
otro, y lo que uno condena aprueva otro”, p. 239.
Como indiqué al
comienzo, en el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, Alfonso
de Valdés dice que “si alguna falta en este Diálogo hallaren,
interpretándolo a la mejor parte, echen la culpa a mi ignorancia y
no presuman de creer que en ella intervenga malicia”, p. 80; que es otra
forma de decir “Et lo que y fallaren que non es tan bien dicho, non pongan
la culpa a la mi entención, mas pónganla a la mengua del mio
entendimiento”, como afirma don Juan Manuel, p. 28. De la misma forma que
el “pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade,
y a los que no ahondaren tanto los deleite”, del prólogo del Lazarillo,
es una espléndida síntesis de las dos formas de leer que indica
don Juan Manuel en el del Conde Lucanor: “los que lo leyeren si por
su voluntad tomaren placer de las cosas provechosas que y fallaren, será
bien; et aun los que lo tan bien non entendieren, non podrán excusar
que, en leyendo el libro, por las palabras falagueras et apuestas que en
él fallaran, que non hayan a leer las cosas aprovechosas que son y
mezcladas”, p. 28.
Pero ese es el camino
donde las lecturas de Alfonso de Valdés sirven para enlazar sus tres
obras, que he seguido ya en otros lugares ; no es ahora mi propósito.
Volvamos, pues, a las palabras y los asuntos de los que hablaba.
El planteamiento inicial del
Mercurio y Carón estaba asentado en las gracias de las ánimas
condenadas, como le dice Carón a Mercurio: “nosotros, sentados en
este prado, podremos hablar y a las veces reírnos con algunas ánimas
que vendrán a pasar”, p. 82. Y, en efecto, las ánimas, como
las sombras del Carón de Pontano, provocan la sonrisa en el lector
porque están dibujadas con la fina ironía valdesiana. Cuentan
su vida y hacen manifiesta la razón de su condena. La estructura narrativa
se asemeja al desfile de amos de Lázaro; y como con ellos, el lector
tiene un muestrario de historias de vida. El registro es en ambos casos cómico.
Lo que sucede es que Alfonso de Valdés hará caso a las críticas
y sugerencias de “uno de los más señalados teólogos”
a quien da a leer la primera parte del Mercurio y Carón (“consejábame
[...] que pusiese de cada estado de aquellos una ánima que se salvase”),
y en la segunda, las ánimas que desfilan han vivido vidas dignas de
servir ejemplo y por ello se salvan. Ya no hay lugar para las gracias, y
la ironía deja lugar a la riqueza ideológica.
En el Lazarillo, Lázaro
dice un monólogo que pudiera ser de comedia –él es personaje
de tal género–; es él quien cuenta su vida, y, dentro de esa
unidad, queda inserto el desfile de sus amos porque no relata los intersticios
entre ellos; sólo parece que le pasan cosas cuando está a su
servicio, porque ellos, como las ánimas, son el objetivo de la sátira
de Alfonso de Valdés. Lo que sucede es que no hay dos personajes que
escuchan, preguntan y juzgan; sino sólo la víctima o el testigo
de sus vicios: Lázaro de Tormes.
Cuando las palabras no bastan
para entrelazar tres obras, lo hace la ideología; cuando la inexistencia
de disonancia alguna en el uso de la lengua no es suficiente como demostración
de que es el mismo escritor quien crea los dos Diálogos y el
Lazarillo, lo es la presencia de expresiones parecidas en discursos
que tienen el mismo contenido. No hay escritor en el siglo XVI que haga un
alegato contra la venta de bulas y los abusos de los que las venden, contra
los clérigos amancebados y su hipocresía, contra la falta de
caridad que caracteriza a los miembros de una iglesia corrupta, contra los
cortesanos aduladores a quienes sólo interesa su medro, contra
la vanagloria y la honra y los bienes mundanos que persiguen unos y otros,
como el que aparece en el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma,
en el Diálogo de Mercurio y Carón y en La vida
de Lazarillo de Tormes, las tres creaciones de Alfonso de Valdés.
ROSA NAVARRO DURÁN
UNIVERSIDAD DE BARCELONA