Hace apenas unos meses recibí en mi despacho de la Universidad un enigmático envío. Se trataba de un sobre de grandes dimensiones sin membrete ni remite de ningún tipo. Dentro había una gruesa carpeta con más de trescientos folios mecanografiados y sin encuadernar, varios recortes de prensa amarillentos y arrugados, media docena de cartas y numerosas notas manuscritas en papeles diversos. También había una nota adherida a la carpeta en la que alguien me rogaba que diera a conocer el contenido de esos documentos de la manera que mejor me pareciera. [...] La lectura de los recortes me dejó tan intrigado que ya no pude dedicarme a otra cosa durante el resto del día. Lo primero que hice, naturalmente, fue asomarme al balcón, desde el que se domina la mayor parte de la Plaza de Anaya. Dada su situación y disposición, no es fácil –aunque no imposible– precipitarse al vacío por un descuido o accidente, salvo que, como sugería el Conserje, don Enrique hubiera accedido a la cornisa con la intención de rescatar a una de sus palomas.
[...]
Por fin, un
día,
gracias a una casualidad –si bien el propio doctor Aragonés
insiste
en recordar que lo que aquí se nos antoja casual, en otro lugar
o dimensión podría obedecer a una lógica
implacable–,
logró dar el salto definitivo, y llegó a contactar con el
espíritu de Juan de Valdés. La sesión tuvo lugar
en
la madrugada del 12 de octubre de 1972. Era ya muy tarde y los tres
amigos
se sentían muy cansados. Habían estado toda la noche
intentando
comunicarse con el espíritu de un famoso inquisidor del siglo
XVI,
pero éste, al final, no había comparecido, tal vez por
miedo
a que le pidieran cuentas por su santo oficio. Por primera vez en su
vida,
don Enrique no fue capaz de contener su cólera, y comenzó
a blasfemar y a maldecir todo lo humano y lo divino, a los vivos y a
los
muertos, y, muy especialmente, al esquivo Juan de Valdés. No
hizo
más que pronunciar su nombre, cuando creyó oír
algo
al otro lado. También, en el tablero de la ouija, pudo observar
un ligero movimiento.
–¿Sois
Vos Juan de Valdés? –preguntó con voz trémula el
Doctor
Aragonés.
–Sí,
lo soy. ¿Qué me queréis? –respondió el
espíritu
con firmeza.
Había
llegado, al fin, el momento con el que siempre había
soñado
y especulado, pero no era capaz de articular palabra. Sus dos
compañeros
de fatigas, por otra parte, permanecían inmóviles, por
miedo
a producir alguna interferencia indeseable.
–Tan
sólo
hablar con Vuestra Merced acerca de sus escritos –dijo, por fin, don
Enrique.
–Me place
–exclamó
Juan de Valdés–. Y ¿qué es lo que queréis
saber?
–¿Sois
Vos el mismo que escribió Diálogo de la lengua y Diálogo
de doctrina cristiana?
–En efecto,
soy yo –confirmó la voz–. ¿Es que acaso los
conocéis?
–¿Sois
Vos también el autor de la obra conocida como La vida de
Lazarillo
de Tormes y de sus fortunas y adversidades? –preguntó,
impaciente,
el profesor.
–No soy tal.
Os equivocáis –contestó la voz con tono desabrido.
No obstante,
Aragonés insistió, pero añadió ahora
algunos
detalles acerca de la obra. También le dijo que el Lazarillo
era uno de los libros españoles más leídos y
conocidos
en todo el mundo, pero que nadie, hasta la fecha, había logrado
averiguar con certeza la identidad del autor, por lo que aún
figuraba
como obra anónima.
–Os digo que
no soy yo –replicó Valdés un tanto ofendido.
A pesar de tan
tajante rechazo, Aragonés no quería resignarse y
abandonar
definitivamente su hipótesis. Había algo en esa negativa
que le hizo sospechar que Valdés no era totalmente sincero. De
modo
que, tras una breve pausa, que a sus dos amigos les pareció
interminable,
procedió a interrogar de nuevo al espíritu.
Utilizó,
para ello, todos los recursos y estrategias aprendidos a lo largo de
las
muchas sesiones y seminarios en los que había participado. Al
principio,
Valdés se negó a colaborar e incluso amenazó con
interrumpir
definitivamente la comunicación. Pero, al final, don Enrique
consiguió
acorralarlo y ya no lo dejó escapar.
El momento
culminante
fue cuando Juan de Valdés le explicó, con cierta
desazón,
que ese escrito era obra de su hermano Alfonso, pero que no
podía
entender cómo había llegado a ser tan conocido. En un
primer
momento, don Enrique no supo cómo reaccionar. Si, por un lado,
acababa
de sufrir una terrible decepción, por otro, había
descubierto,
por fin, o al menos eso parecía, al verdadero autor del Lazarillo.
[...]
Hace poco
más
de un año, la catedrática de la Universidad de Barcelona,
Rosa Navarro Durán, primero en dos artículos y luego en
un
libro publicado aquí en Salamanca, proponía, de forma muy
razonada y con algunas pruebas [...] a Alfonso de Valdés como
autor
del Lazarillo [...]. Precisamente, ahora, cuando redacto estas
páginas,
acaba de aparecer un nuevo libro, en la Editorial Gredos, en el que la
Doctora Navarro recoge sus consideraciones y las amplía con
nuevas
pruebas y argumentos, lo que ha puesto, una vez más, de
actualidad
este asunto [...]. Si pudiéramos recuperar la Memoria de
Investigación
de Enrique Aragonés e indagar en el Archivo Vaticano,
podríamos
sacar, de una vez, al Lazarillo de su anonimato y a Juan de
Valdés
del Purgatorio en el que, sin duda, todavía permanece por haber
intentado ocultar la obra de su hermano...