Rosa Navarro Durán,
"Lazarillo de Tormes y la
novela picaresca", en Mitos literarios españoles, José María Díez Borque (ed.), Real Academia
Española en Roma, Madrid, 2004, pp. 45-61. DL M-22000-2004. ISBN 84-609-1093-8.
[Breves fragmentos del artículo]:
Los pícaros
son universitarios y saben humanidades para que verosímilmente
sepan retórica y puedan escribir el relato de su vida. Guzmán
sí es el primer pícaro y así llamaron a su libro,
como dice el propio personaje: "Esto propio le sucedió a este
mi pobre libro, que habiéndolo intitulado Atalaya de la vida
humana, dieron en llamarle Pícaro y no se conoce ya por otro
nombre". Así figura ya en la aprobación de fray Diego Dávila,
que llama a la obra Primera parte del pícaro Guzmán de
Alfarache. Y Juan Martí o Mateo Luján de Sayavedra llamó
a la segunda parte del personaje hurtado Segunda parte de la vida del
pícaro Guzmán de Alfarache; Mateo Alemán, en
cambio, mantenía en la Segunda parte de la vida de Guzmán
de Alfarache el subtítulo de Atalaya de la vida humana
que se mencionaba en la licencia y privilegio del Rey a la primera edición.
El pícaro es quien
da lección de desengaño con su vida, y ella es el objetivo
del relato. Mateo Alemán en la carta "al discreto lector" manifiesta
la vinculación de su obra con el Lazarillo de Tormes al
reproducir la cita de Plinio de su prólogo: "mas considerando no
haber libro tan malo donde no se halle algo bueno", p. 110. Así
figura en su modelo: "Y a este propósito dice Plinio que no hay
libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena"; Alfonso de Valdés
había tomado la cita de otro prólogo, del de la Obra de
agricultura de Gabriel Alonso de Herrera. Pero "las fortunas, peligros
y adversidades" de Lázaro de Tormes, eran un trampantojo en el
Lazarillo; las flechas de su aljaba iban dirigidas al cruel ciego
rezador, al mezquino clérigo, al vanidoso y hambriento escudero,
al lujurioso fraile de la Merced, al buldero estafador, al capellán
explotador y al hipócrita clérigo amancebado que es el arcipreste
de San Salvador: a los amos de Lázaro; y él es, en efecto,
un mozo de muchos amos, como sus modelos: Pármeno, el criado de Calisto,
o Rampín, el de la Lozana Andaluza. Los amos de Lázaro no
sólo le dan su condición, porque desde el ciego al capellán
definen su vida, sino que son el auténtico objetivo de la sátira
de su autor, Alfonso de Valdés. Al caracterizar al género
de la picaresca, ese rasgo que parece inherente a él, el ir el pícaro
de amo en amo, se convierte en un escollo porque ni la misma vida de Guzmán
está marcada por él; no digamos la de Pablos, que tuvo un
solo amo; ni tampoco la vida de los otros pícaros responden a tal
marca de género. Vamos viendo cómo nada de lo que supuestamente
caracteriza al género picaresco aparece en el relato fundacional,
y lo que le define no es un rasgo esencial en el género. Nada hay
en Lázaro de lo que entusiasmará al Carriazo cervantino de
La ilustre fregona.
La vida de Lazarillo de Tormes no fue concebida
como un relato picaresco, sino como una aguda sátira erasmista.
No eran las aventuras de Lázaro, "sus fortunas y adversidades",
lo que interesaba a su autor, a Alfonso de Valdés; ésta
era "la invención", como diría en el prólogo del Diálogo
de Mercurio y Carón, refiriéndose a sus dos personajes,
a Mercurio y Carón. En esta segunda obra suya, las "gracias y
buena doctrina" las pone en boca de las ánimas que desfilan; en
el Lazarillo están en el relato de Lázaro. Y es la
doctrina lo que le interesa, la que subyace debajo de esos amos mezquinos,
crueles, hipócritas, lujuriosos. No se saca enseñanza de
la vida equivocada de Lázaro, porque no aparece como tal, sino
de la de sus perversos o hipócritas amos. Tenía razón
Erasmo en querer reformar la vida eclesiástica, y sabía
muy bien el cortesano Alfonso de Valdés que también la
vida de la corte estaba necesitada de ello. La novela picaresca nació
de una lectura ligeramente desplazada de esa obra espléndida que
es La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades.
Era una aguda sátira erasmista y se convirtió en el punto
de partida del realismo de la novela moderna. Lázaro nació
como mirada crítica y resultó ser uno de los personajes más
entrañables de nuestra literatura; fue hecho con estofa cómica,
y su dolor lo hizo a veces personaje dramático. En su metamorfosis
no hay error de lectura, sino genialidad de un espléndido escritor,
el conquense Alfonso de Valdés.
Rosa Navarro Durán, "Nuevas claves de lectura del Lazarillo de Tormes", Quimera, nº 238, enero de 2004,
pp. 40-47.
[Breve fragmento del artículo]:
El destinatario
de la declaración es una dama porque Lázaro utiliza para
referirse a ella ese pronombre femenino, "ella", cuando abandona el
ambiguo "Vuestra Merced". "Vuestra Merced" -a quien Lázaro nunca
se dirige con un vocativo- "está delante" porque a ella va destinada
la declaración de Lázaro; es fórmula semejante
al "está presente" de los documentos. En Las CCC del famosíssimo
poeta Juan de Mena con glosa de Hernán Núñez, impresas
en Sevilla en 1499, de cuyo prólogo tomó el autor del Lazarillo
para el suyo la idea de la fama que mueve a escribir, junto a la cita de
Cicerón "La honra cría las artes", como señaló
A. Rumeau, hay una expresión de disculpa equivalente a la citada,
que el escritor dirige a los lectores al decir una palabra que considera
vulgar: "los quales el vulgo suele llamar alcahuetes (hablando con mucho
honor de los letores)", f. LXVI v. Y no sólo es semejante por
su función, sino por su destinatario porque en ambos casos está
fuera del texto: son los lectores en las glosas; y en la declaración
de Lázaro, Vuestra Merced, a quien va dirigida. [...]
Alfonso de Valdés
tomó para el nacimiento de Lázaro elementos de tres biografías
contadas por Hernán Núñez [...]. La presencia de
la expresión "la madre preñada de él" y el alumbramiento
súbito se repiten, y de forma más cercana aún al
Lazarillo, en la vida de Homero:
"[...] Y como estouiesse
preñada, llegando el tiempo del parto, espaciándose por
la ribera del sobredicho río Meletes, le vinieron dolores del parto
y parió a Homero [...] Mandaron pregonar que qualquier que quisiesse
seguir el partido de los lydos saliesse de la cibdad; entonces Homero,
que era ya mancebo de edad, junto con otros mancebos, dixo que él
lo quería seguir y de [ ] le llamaron Homero, como antes se dixesse
Melesigenes. [...] ¡O, Homero, dichoso y desdichado, nacido para
entramas su[e]rtes!" (f. XCII).
[...] Lázaro, como
Homero, toma nombre del río a cuya orilla le coge el parto a
su madre. Este motivo del alumbramiento repentino todavía reaparece
en la vida de Virgilio, aunque ya no asociado al río. Curiosamente
se le unen otros detalles que, aunque con una función totalmente
distinta, están también en el Lazarillo [...]. Alfonso
de Valdés leyó muy bien las glosas de Hernán Núñez:
son a la vez fuente de pasajes esenciales del Lazarillo y otro
de los muchos enlaces que traban sus obras y que ofrecen su retrato como
inteligentísimo lector, como abeja renacentista que supo libar
del néctar de sus lecturas y crear una obra espléndida.
[Breve fragmento del artículo]:
Otro libro
nos da la clave para ver que estamos dando un sentido erróneo
al vocablo: Bocados de oro. [...] En el capítulo XI, entre
“los dichos y castigamientos de Sócrates, el filósofo”,
leemos: “El ánima es girigonza que no ha prescio; e el que no
la conosce sírvese della en lo que le no conviene; e el que la
conosce no se sirve della sino en lo que le conviene”, f. XVI. Evidentemente
no encaja con el texto el significado de jerga de ciegos o “el dialecto
de gitanos, ladrones y rufianes para no ser entendidos”, como dice el
Diccionario de Autoridades, ni el de galimatías ininteligible
o “todo aquello que está oscuro y dificultoso de percebir o entender”,
acudiendo a la misma fuente. Es otro diccionario el que nos llevará
a la lectura correcta, el Diccionario crítico etimológico
castellano e hispánico de Joan Corominas y José Antonio
Pascual; en él se nos señala la coincidencia de la palabra
que significa “lenguaje incomprensible” o “lenguaje de malhechores” con
el nombre de una piedra preciosa, jacinto o jargonça, que ya aparece
en el Lapidario de Alfonso el Sabio, en 1250. [...] Volvamos ahora
a lo que dice Lázaro: “y en muy pocos días me mostró
jerigonza; y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decía:
–Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré”.
No dice que le “avezó” o “vezó” jerigonza, sino que le mostró,
verbo que usa también con la palabra equivalente: “avisos”.
Lo que le muestra el ciego a Lázaro es un tesoro, una piedra preciosa,
“jerigonza”, en sentido figurado: le da avisos, consejos para vivir; y
la cita bíblica que dice el ciego se amolda perfectamente a ello:
“No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy” (“Hechos de los apóstoles”,
3, 6). De tal manera que concluye y con ello cierra el pasaje: “Y fue
ansí, que, después de Dios, este me dio la vida y, siendo
ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir”. El
ciego, al modo del Salmo 32 (Vulgata 31), 8 (“Yo te enseñaré
y te instruiré en el camino que debes seguir; / seré tu
consejero y estarán mis ojos sobre ti”), a pesar de ser ciego,
ilumina su camino existencial. No le enseña la supuesta
jerga de ciegos (no puede ser jerga de rufianes porque no lo es), sino
que le muestra un auténtico tesoro: le da consejos para vivir, al
ver que el niño es “de buen ingenio”. El pasaje tiene una palabra
–una pieza– que se lee erróneamente, que desconcierta el conjunto
perfectamente trabado. Otro libro da luz y permite ver el error; el brillo
de esa jerigonza, de esa piedra preciosa, devuelve el sentido a esas palabras
de Lázaro.
Pero no es el azar el que ha creado
el puente entre las dos obras para que las dos jerigonzas se fundieran
en una, sino la presencia de otras concordancias que las unen. Alfonso
de Valdés, el autor del Lazarillo de Tormes, leyó
los Bocados de oro, y la huella de su minuciosa lectura puede
verse claramente en el texto de la declaración de Lázaro,
pero también en su Diálogo de Mercurio y Carón,
como indicaré.
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