Alfonso de Valdés, en el prólogo a su Diálogo de Mercurio y Carón,
al negarse a poner en él su nombre “porque no pareciese
pretender yo desto alguna honra”, daba el mérito al Emperador,
que con sus obras justificaba la causa que él había
defendido, si lo había hecho bien; y citaba sus modelos para “la
invención y doctrina”: “si la invención y doctrina es
buena, dense las gracias a Luciano, Pontano y Erasmo, cuyas obras en
esto habemos imitado” . Y, en efecto, la construcción literaria
del diálogo, con sus dos conocidos personajes, y su aguda
ironía son herederos del discurso literario de los tres
escritores; y su ideología es claramente erasmista. Alfonso de
Valdés había aprendido a manejar la ironía como
sus maestros; lo había hecho ya en su primer Diálogo, el de las cosas
acaecidas en Roma, como le reprochaba su peligroso enemigo, el nuncio
papal, Baltasar de Castiglione: “E tra l´altre cose ho notato che
in alcuni luoghi, molti vi dilettate di essere faceto, e di dire grazie
e piacevolezze acutamente” . Había derrochado agudeza y sutil
humor en el desfile de las ánimas condenadas de la primera parte
del Diálogo de Mercurio y
Carón para conseguir que los lectores lo leyeran con
gusto (“en estilo que de todo género de hombres fuese con sabor
leído”); las “gracias y buena doctrina” de esas ánimas
hacían llevadera la historia política que contaba
Mercurio a Carón, “por ser la materia en sí desabrida”,
p. 73. Pero donde alcanza su más alta cima en el ejercicio de la
finísima ironía inteligente es en su tercera obra, en La vida de Lazarillo de Tormes, y
de sus fortunas y adversidades. En ella la invención ocupa todo
el espacio de la escritura, pero la sigue sustentando la
ideología, la doctrina erasmista.
[...]
De esa lectura del Amadís
de Gaula, Oliveros de Castilla,
Lisuarte, Claribalte, etc.,
pasaron a la boca de Lázaro de Tormes usos
lingüísticos que se convierten así en instrumento de
la ironía. He analizado ya algunas de estas expresiones: “tomar
por la mano”, “santiguarse”, “don traidor”, “la cosa del mundo que yo
más quiero”, etc. , que aparecen en Amadís de Gaula y en Oliveros de Castilla.
Añadiré ahora otras que están en Claribalte, de Gonzalo
Fernández de Oviedo, impreso en Valencia, por Juan Viñao,
en 1519; y en Lisuarte de Grecia,
de Feliciano de Silva, libro séptimo del Amadís de Gaula, impreso por
primera vez en 1514 (cuya edición no conservamos), y por segunda
en 1525, en la imprenta sevillana de Jacobo y Juan Cromberger. En ellos
siguen además apareciendo algunas de las construcciones citadas
como “tomar por la mano” o “contar su hacienda”, porque forman parte de
la lengua de ese género literario. En boca de Lázaro,
aplicados a los trabajos y adversidades de su vida, su valor
referencial se convierte en instrumento de la ironía.
[...]
Los libros de caballería le permiten ciertos
guiños irónicos al escritor desde el texto del Lazarillo; la ironía, como
dice él mismo, la había aprendido de Luciano, de Pontano,
de Erasmo; pero también de las novelas de Boccaccio y de
Masuccio. La estofa del relato de Lázaro es tan rica que une a
la herencia literaria celestinesca la de las comedias –de Plauto,
de Torres Naharro–, y a ambas, la de las novelas italianas. A ello
tienen que sumarse detalles de las numerosas lecturas de Alfonso
de Valdés, desde la Obra de
agricultura de Gabriel Alonso de Herrera a las Quincuagenas de fray Luis de
Escobar o las glosas de Hernán Núñez a las Trescientas de Juan de Mena.
En Il Novellino
de Masuccio Salernitano, hay confesores avariciosos, como fray Antonio
de san Marcello, el protagonista de la novela X, que confesando vende
el paraíso, pero a su vez es estafado por dos ferrareses. Y
juicios sobre los malos clérigos que coinciden con los de
Alfonso de Valdés, como el que cierra esta novela: “Tanto sono
le occulte beffe e gli dolusi inganni, che gli religiosi continuo fanno
contra i miseri seculari, che non è da maravigliare, si loro
talvolta dai prodenti sono altresì con arte e ingegni beffati” .
(Habría que analizar la presencia de estas novelas en la
literatura española; la novela XLVI es la fuente del relato del
Abencerraje, y la XXI de la
historia contada en él; pero la
XLVII tiene curiosas concordancias con la historia de El alcalde de
Zalamea.) La novela XLIX tiene un ataque feroz contra el papa,
Alejandro IV, que Alfonso de Valdés había leído
muy bien al escribir su Diálogo
sobre las cosas acaecidas en
Roma.
[...]
La novela IV es la fuente del episodio del buldero,
como indicó ya Morel-Fatio , y la IX es la que lleva a Alfonso
de Valdés a imaginar la estructura del Lazarillo, con el secreto
de confesión en peligro por la condición de amancebado
del arcipreste . También el tratado del mezquino clérigo
le debe detalles a Masuccio, desde la mirada ávida del cura al
cestito de las limosnas mientras dice la misa, a la persecución
que hace con un garrote a la imaginaria serpiente que supuestamente le
come los bodigos del arcaz.
Boccaccio y Masuccio le dan a Alfonso de
Valdés materia que nutre su invención sobre los
clérigos, sobre su avaricia, los falsos milagros con que estafan
a los crédulos fieles, sobre los secretos confiados en
confesión en peligro por la vida viciosa de los curas, sobre su
lujuria y la facilidad que tienen para sus conquistas desde su
posición privilegiada de pastores de almas. Y esa materia
está formada no sólo de juicios, sino de estofa
narrativa; pasa a formar parte de su invención.
Alfonso de Valdés tiene una intuición
espléndida para asimilar de sus lecturas lo que tiene potencia
narrativa; una muestra de ello es que supo también tomar
elementos de esa primera summa vulgar de conocimientos, al modo de las
futuras silvas, que son las glosas de Hernán Núñez
a las Trescientas de Juan de Mena.
[...]
Lázaro es sólo un protagonista
aparente de su relato; los auténticos objetivos de la
sátira de Alfonso de Valdés son sus amos. Lázaro
es la víctima de su crueldad, de su falta de caridad, de su
lascivia; y el testigo de sus estafas, de su hipocresía, de su
miseria. La prueba de ello es que no cuenta lo que le sucede entre amo
y amo: “Otro día, no pareciéndome estar allí
seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis
pecados con un clérigo”, p. 137; “Hube de buscar el
cuarto, y este fue un fraile de la Merced”, p. 189; “En el quinto por
mi ventura di”, p. 191; “Después de esto, asenté con un
maestro de pintar panderos [...] Siendo ya en este tiempo buen mozuelo,
entrando un día en la iglesia mayor, un capellán de ella
me recibió por suyo”, p. 203; “Despedido del capellán,
asenté por hombre de justicia con un alguacil”, p. 205. En dos
casos parece que cuenta un periodo de vida independiente entre su
servicio a los amos; al final, cuando consigue llegar a ser pregonero,
pero es sólo el camino para llegar a desempeñar su papel
esencial: el de marido de la manceba del arcipreste de San Salvador.
Él dice que es su “habilidad y buen vivir” lo que lleva al
clérigo a casarle con una criada suya; evidentemente no son esas
cualidades las que justifican la elección, sino su aparente
simpleza; aparente porque lo es Lázaro personaje, pero no
Lazarillo, el narrador.
También al comienzo del tratado tercero,
habla de un breve
periodo en que pide limosna, mientras se le cierra la herida del
garrotazo del clérigo; pero sólo cuenta esa
práctica porque será esencial para su convivencia con el
pobre escudero. Éste es misérrimo, fatuo,
hipócrita, con un curioso concepto de la honra y un
erróneo concepto del servicio a un señor; pero se
diferencia de los otros amos de Lázaro, todos
eclesiásticos, o viviendo de prácticas externas
religiosas como el ciego rezador, porque no es cruel ni perverso.
[...]
Hernán Núñez, al comentar
la copla XCIX de
Mena, con la definición de la avaricia, aporta autoridades que
ilustran la idea de que es el peor de los vicios. “La raíz de
todos los males es la cobdicia”, en cita de san Pablo; y recuerda “que
por el auaricia vendió a Nuestro Redemptor Judas, su pseudo
apóstol”; también el capellán vende a
Lázaro todos los días por treinta maravedís, que
son los que le exige como aguador. Lázaro se llama así
porque es pobre, y todo pobre es imagen de Cristo.
Antes Mena había hablado “de cómo las cosas sagradas se
venden / y los viles usos en que se despienden / los diezmos y frutos
de Sancta María / con buenos colores de la clerezía”. Y
glosa Hernán Núñez: “Los auarientos y malos
sacerdotes que venden las cosas consagradas y dan los sagramentos por
dineros, y los frutos y rentas de la yglesia que se hauían de
espender en limosnas y obras pías despenden en usos viles y
cosas viciosas”, f. LXIV. Sólo que luego no quiere entrar en
materia y deja al lector que juzgue lo evidente por sí solo.
[...]
Alfonso de Valdés moldeó un Mercurio
y, sobre todo, un
Carón de bulto, alejándose él de los personajes,
porque en su primer diálogo, como le había reprochado
Castiglione, Lactancio era él . Les hizo vivir una
anécdota, la compra de una galera por el barquero que le
obligó a empeñarse, que tomó del Charon de Erasmo,
y el desespero del barquero por la supuesta paz que había
conseguido el Emperador; los desafíos de los reyes de Francia
e Inglaterra que le anuncia Mercurio le devuelven la
alegría al hipotecado Carón. También en las
Trescientas de Mena
está el enfado de los dioses del infierno
contra los grandes señores de España (coplas CCLIII y
IV), “porque tenían treguas con los infieles moros y no les
hazían la guerra; de lo qual se les seguía este
daño: que muchas ánimas no descendían al infierno.
Asy que por esta causa los infernales querrían poner tal
discordia y guerra ciuil entre los de Castilla que en ella
perecería mucha gente y las ánimas que por una parte
perdían adquirirían y cobrarían por otra”, como
comenta Hernán Núñez, f. CLXXIV. El motivo es el
mismo, pero le falta la desmitificación lucianesca de los
dioses, el que Carón se haya tenido que empeñar.
Precisamente, le ofrece como albricias al dios que le ha dado la
noticia lo que quiera, y él le pide “que a todos los sacerdotes
que hobieren vivido castos hagas exemptos del pasaje”. Carón le
replica: “Poca cosa me pides”, Mercurio
y Carón, p. 78, y
manifiesta su contento. No hace falta indicar lo significativo de ese
comienzo.
Las obras de Luciano, Pontano y Erasmo le inspiraron
motivos literarios
a Alfonso de Valdés, en su Mercurio
y Carón, para la
invención que sustentaba su doctrina, de pura fuente erasmista.
En su tercera obra, creó un personaje que padeciera la falta de
caridad de los clérigos, de su avaricia, de su lujuria.
¡Quién mejor que un pobre! Como le pregunta Carón
al mal obispo: “¿De manera que si viniera Jesucristo a comer
contigo, no lo sentaras a tu mesa porque era pobre?” Su respuesta es
muy clara: “No, si viniera mal vestido”. Y cuando reacciona y rechaza
tal imposibilidad, “¿Cómo había de venir
Jesucristo a comer comigo?”, Carón le replica: “¿No dice
él que lo que se hace a un pobrecillo se hace con él, y
lo que se deja de hacer con un pobrecillo se deja de hacer con
él?”, p. 127.
¿Cómo podía llamarse el pobre
que protagonizara su
alegato erasmista? Si Hernán Núñez dice que Homero
se llamó así porque era ciego, el pobre sólo
podía llamarse Lázaro. Uno de los hospitales, centros de
acogida para los pobres, de Cuenca, era el de San Lázaro, y Van
den Wyngaerde anotó, en su dibujo de la ciudad, “menor”
para indicar que no se refería a Lázaro de Betania sino
al pobre del Evangelio maltratado por el rico Epulón (Lucas, 16,
19-31).
El mismo desfile que hay en el Mercurio y Carón lo
ideó para el Lazarillo;
personajes sin nombre,
representantes de dos estamentos, el eclesiástico y el
cortesano, sólo que no iban al encuentro de personajes con
tradición literaria como Mercurio y Carón; sería
un pobre, Lázaro, quien los sufriría como criado. El
modelo del mozo de muchos amos que le ofrecían Pármeno,
Sempronio, Galterio, Rampín, el mismo Francisco, el criado del
escudero Moñiz de Tinellaria de Torres Naharro, le sirvió
a Alfonso de Valdés para engastar esos amos mezquinos, crueles,
hipócritas, lascivos, explotadores. Lo que sucede es que la
clave era cómica, como corresponde a la sátira, heredera
de la antigua comedia.
Y Lázaro, el pobre, es a veces simple, como
en la
anécdota del toro de piedra, o en la del entierro; otras,
intenta burlar al astuto con más o menos suerte; acaba siempre
descalabrado como el criado o el bobo de comedia . En ocasiones
no interviene, sólo observa; y, como simple, es engañado,
como lo es la buena gente, por el burlador buldero. Y acepta el trato
que le propone el arcipreste, supuestamente por lo bien que pregona sus
vinos, pero en realidad por su condición de simple que tanto le
conviene al clérigo. Y acepta vivir en una casilla al lado
de la suya y se pone sus calzas viejas y decide hacer oídos
sordos a lo que oye sobre su mujer y su señor. Lo que sucede es
que quien cuenta todo esto no es Lázaro, sino Lazarillo, y no es
un diminutivo afectuoso, como no lo es la única vez que aparece
en el relato, en boca del ciego al darse cuenta de que le ha puesto el
nabo en vez de la longaniza. Eso es lo que hace Alfonso de
Valdés con su personaje: su relato no es el de Lázaro, el
simple, sino el del agudo y astuto Lazarillo, un inteligente
bufón o filósofo, lo que se quiera. La doctrina la
sabía de coro, como diría él o Alfonso de
Valdés, que supo imaginar una invención
ingeniosísima bebiendo en muy diversas fuentes.