La realidad se hace literatura en el Renacimiento; el ámbito literario va a acoger personajes que viven y hechos que pasan en un espacio y en un tiempo real, contemporáneo. Los entes de ficción van a empezar a ser y a hablar como la gente de la calle. Lo curioso es que además la literatura es el punto de partida de un viaje que acaba en ella. Lázaro de Tormes, el personaje del primer relato realista, habla con tanta naturalidad porque no sabe leer y no puede, por tanto, reflejar en sus palabras lo que dicen los libros, hablar como se habla en ellos, imitar lo literario, aunque nos llegue su voz en una carta que parece escribir.
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    En las coplas con que se inician las obras de Jorge Manrique, “Con el gran mal que me sobra”, se lee: “Emprendí, pues, noramala, / ya de veros por mi mal, / y en subiendo por la escala, / no sé cuál pie me resbala, / no curé de la señal”, vv. 31-35 [Manrique, 46]. Cualquier lector puede asociar esa caída figurada, dentro de la alegoría, con otra “real”: la de Calisto al bajar del escala que le causa la muerte. Es el auto decimonono de La Celestina; Tristán advierte a su señor: “Tente, tente, señor, con las manos al escala”, y en seguida se oyen las últimas palabras del caballero: “¡Oh válame Santa María, muerto soy! ¡Confesión!”. Tristán llama a su compañero Sosia y hace explícito lo supuesto: “Llégate presto, Sosia, que el triste de nuestro amo es caído del escala, y no habla ni se bulle” [Rojas, 2000: 323].
    Anotan los editores: “La muerte del amante que, visitando a su amada, cae de una escalera o de lo alto de una tapia tiene cierta tradición en la literatura y es ingrediente relativamente común de sucesos reales recogidos en obras de diversa índole, pero no parece que para este caso pueda establecerse ningún antecedente claro” [Rojas, 2000: 323]. A simple vista, la coincidencia del episodio con la alegórica caída de las coplas de Manrique podría considerarse fortuito; la tradición la justificaría. Sin embargo, otros versos del mismo poema aportan la prueba de que no fue así: “Mas mi dicha, no fadada / a consentirme tal gozo, / se volvió tan presto irada / que mi bien fue todo nada / y mi gozo fue en el pozo”, vv. 76-80. El planto de Pleberio comienza: “¡Ay, ay, noble mujer, nuestro gozo en el pozo, nuestro bien todo es perdido!”, [Rojas, 2000: 337]. Los editores de La Celestina sí enlazan esta vez los dos textos, pero como ejemplo de lo común del dicho: “Es dicho aún vivo, que cita por ejemplo Jorge Manrique en su poema “Con el gran mal que me sobra”, v. 80, y viene recogido por Santillana en sus Proverbios”. Las dos concordancias cobran sentido al unirse, y se hace obvio que no son fruto del azar, sino que son claras huellas de lectura. La caída alegórica del enamorado del poema de Manrique se vuelve real en la Tragicomedia.
    Si se lee a esta luz “Otra obra suya llamada Castillo de Amor”, de Jorge Manrique [Manrique, 68], la fortaleza alegórica que aparece en ella adquiere nuevo sentido en La Celestina . La describe así el yo poético:

   La fortaleza nombrada
está en los altos alcores
de una cuesta,
sobre una peña tajada,
maciza toda de amores,
muy bien puesta,
   y tiene dos baluartes
hacia el cabo que ha sentido
el olvidar,
y cerca a las otras partes,
un río mucho crescido
que es membrar.    (vv. 13-24)

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    El argumento del acto XX de La Celestina indica cómo Melibea envía “a su padre por algunos instrumentos músicos” y mientras tanto “Sube ella y Lucrecia en una torre. Envía de sí a Lucrecia; cierra tras ella la puerta. Llégase su padre al pie de la torre. Descúbrele Melibea todo el negocio que había pasado. En fin déjase caer de la torre abajo”, [Rojas, 2000: 327].
    Esa torre tan esencial para el desenlace no había aparecido antes. Melibea le dirá a su padre: “Subamos, señor, al azotea alta, por que desde allí goce de la deleitosa vista de los navíos; por ventura aflojará algo mi congoja”, [Rojas, 2000: 328-329]. Alejará a su padre rogándole que mande traer “algún instrumento de cuerdas”, y al hacer lo mismo con Lucrecia, menciona la altura del lugar: “Lucrecia, amiga, muy alto es esto; ya me pesa por dejar la compañía de mi padre. Baja a él y dile que se pare al pie desta torre…”, [Rojas, 2000: 329].
    Es muy posible que esa torre que tiene la casa de Melibea provenga de la lectura del poema de Manrique, de esa torre muy alta donde está su pensamiento. Y la idea de la fortaleza que da al río crecido (que es el recordar) pudiera haber llevado a Fernando de Rojas al detalle de los “navíos”, que se ven desde la azotea, y  a “los frescos aires de la ribera”. Evidentemente tal asociación puede hacerse al existir las manifiestas concordancias anteriores. Y no importa tanto en sí misma como la posibilidad de que así sea. Lo esencial es ver cómo Rojas convierte en “reales” elementos alegóricos y puede hacerlo por el contexto donde los sitúa. Y lo es también ver ese deslizamiento levísimo de una materia medieval para convertirse en renacentista, del paso de lo alegórico a lo real.
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    Francisco Delicado fecha ya con precisión –y con engaño
su obra. Acaba el Retrato de la Lozana Andaluza diciendo: “Fenezca la historia compuesta en retrato, el más natural que el autor pudo, y acabóse hoy primo de diciembre, año de mil quinientos e veinte e cuatro”, [Delicado: 481]. E insiste en las últimas palabras, a modo de colofón, “In alma urbe, MDXXIV”. Pero a lo largo de la obra ha ido anunciando a modo de profecías el saco de Roma (mayo de 1527). Añade al final una epístola y dice el principio del epígrafe: “Esta epístola añadió el autor el año de mil e quinientos e veinte e siete, vista la destruición de Roma y la gran pestilencia que sucedió”, [Delicado: 489]; pero luego habla del desbordamiento del Tíber que “entró por toda Roma a días doce de enero, año de mil e quinientos y veinte e ocho”, [Delicado: 490]. Todavía volverá a mencionar fechas en la “Digresión  que cuenta el autor en Venecia”, última en la obra: “Salimos de Roma a diez días de febrero…”, [Delicado: 508]. Hay ya una voluntad manifiesta de fechar históricamente la obra. El saco de Roma es el fondo histórico de la obra; el ambiente de la Lozana no hace más que justificar el castigo providencialista de la Roma Babilonia, de Roma meretrix. Y otros dos hechos históricos se anuncian también con profecías: la elección de Carlos V como Emperador frente al rey francés, Francisco I, y el triunfo de Pavía. Dice Lozana: “Mirá el prenóstico que hice cuando murió el emperador Maximiliano, que decían quién será emperador. Dije: yo oí aquel loco que pasaba diciendo oliva d´España , d´España, d´España, que más  de un año turó, que otra cosa no decían sino d´España, d´España. Y agora que ha un año que parece que no se dice otro sino carne, carne, carne salata, yo digo que gran carnecería se ha de hacer en Roma”, [Delicado: 383-384]. Lozana aprovecha para certificar la verdad del anuncio profético la confirmación de las palabras del loco que pronosticó la elección de Carlos.
    Más adelante, Lozana seguirá con sus anuncios y le dirá a Coridón: “Coridón, esto podrás decir, que es cosa que se ve claro: Vittoria, vittoria, el emperador y rey de las Españas habrá gran gloria”. Y en seguida: “Mira que prenóstico tan claro, que ya no se usan vestes ni escarpes franceses, que todo se usa a la española”, [Delicado: 439]. Es la victoria de Pavía sobre los franceses de 1525 lo que anuncia Lozana. El mismo anuncio de victoria se hace en las máscaras, como cuenta la propia Lozana a Imperia: “Señora, ya comienzan las máscaras. ¡Mire vuestra merced cuál va el bellaco de Hércoles enmascarado! ¡Y oliva, oliva d´España, aquí vienen y hacer cuistión, y van cantando!”, [Delicado: 466].
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    No hay ambigüedad alguna. La acción de La Lozana Andaluza sucede en un espacio y tiempo precisos: Roma, años veinte. Aunque la Lozana habla de la coronación de León X como contemporánea a sus primeros tiempos en Roma; fue el 11 de marzo de 1513, pero, como indica Allaigre, “esta precisión temporal tiene por misión, como otras, dar un aire de autenticidad al “exemplum” de Delicado”, [Delicado, 191]. No es, en efecto, cuidadoso con la cronología interna de la obra.
     La Lozana Andaluza se imprime en Venecia en 1528; se conserva un único ejemplar en la Biblioteca Imperial de Viena . Lo indica ya la portada: “Retrato de la Lozana Andaluza en lengua española muy clarísima. Compuesto en Roma. El cual retrato demuestra lo que en Roma pasaba y contiene munchas más cosas que la Celestina”, [Delicado, 165]. Delicado quiere describir la realidad, lo que ve y oye, como dice en el prólogo al anónimo destinatario: “Y mire vuestra señoría que solamente diré lo que oí y vi, con menos culpa que Juvenal, pues escribió lo que en su tiempo pasaba”, [Delicado, 169]. Y escribe al mismo tiempo que suceden los hechos; así lo dice el Autor, que es a su vez personaje, en el mamotreto XVII: “Estando escribiendo el pasado capítulo, del dolor del pie dejé este cuaderno sobre la tabla, y entró Rampín y dijo: ¿Qué testamento es éste?”, [Delicado, 250-251]. El Autor va a casa de Lozana, a la que conoce bien. Y ésta comenta con Silvano, amigo del autor, lo bien que la imita: “Quiérolo yo muncho, porque me contrahace tan natural mis meneos y autos, y cómo quito las cejas, y cómo hablo con mi criado…”, [Delicado, 394].
    No hay duda de que el texto quiere ser espejo de la realidad. La Celestina es el modelo; pero también La comedia Tebaida fue lectura de Delicado porque su Lozana le debe mucho a Franquila, y Rampín a Amintas. Se ha dado ya un paso más hacia el relato de la realidad: el tiempo y el espacio reales, históricos, desempeñan un papel en la obra; ni son ambiguos ni son sólo decorado. El escenario urbano de La Celestina, de La Tebaida son ya en La Lozana Andaluza una ciudad precisa: Roma. Y lo era en Soldadesca de Torres Naharro; Delicado había leído muy bien la Propalladia; su personaje tiene en casa la Tinellaria. Le dice Lozana a Silvano: “…porque quiero que me leáis, vos que tenéis gracia, las coplas de Fajardo y la comedia Tinalaria y a Celestina, que huelgo de oír leer estas coas muncho”, [Delicado, 399].
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     El camino hacia esa literatura, imitación de la vida, espejo de las costumbres, imagen de la verdad se había iniciado en La Celestina, en parte de su mundo, en el de los criados y prostitutas. Se había fortalecido en el de las comedias a noticia de Torres Naharro, con sus soldados mercenarios en las calles de Roma, con sus criados y escuderos en el tinelo del cardenal, comiendo, bebiendo y burlando. El desconocido autor de La comedia Tebaida había recorrido de otra forma el camino de la Tragicomedia de Rojas porque lo había remodelado con referencias históricas y un manifiesto pensamiento católico ortodoxo; Francisco Delicado había elegido como asunto central no el amor de los señores, sino la vida de la prostituta, de la Lozana Andaluza; y le había dado ya un marco preciso histórico: la Roma anterior al saco para anunciar el castigo. No es la penitencia lo que salva (como propugna el autor de La Tebaida), sino la prudencia, el saber oír los avisos, el saber interpretar los sueños; Lozana se retira a tiempo a Lípari, no habla de arrepentimiento, sólo que su inteligencia y su sentido común le llevan a saber escoger el momento.
    Alfonso de Valdés aprende maravillosamente la lección. Su pretensión, como erasmista, es la sátira a una iglesia corrupta, a una vivencia de la religión puramente externa. No escoge esta vez el diálogo ni tienta el género teatral; muy hábilmente elige la carta, un género del que era profesional. Así no tiene por qué dar fe de la verdad de lo que retrata como el autor de La Lozana; es el propio personaje quien cuenta su vida. Lo que sucede es que esa vida es un pretexto; Lázaro es esencialmente la víctima de la mezquindad, de la crueldad de sus amos, del ciego, del clérigo, de la lascivia del fraile de la Merced; y es testigo de la vida miserable del escudero, pura apariencia, y de los embustes y falsos milagros del buldero; es víctima también de la explotación del capellán, y, por último, pasa a ser la tapadera honrosa del arcipreste de San Salvador al aceptar la boda con la criada. Y todo sucede en lugares reales de los reinos de Castilla y León, en un tiempo histórico; y la cronología interna del relato es coherente. El gran paso que da Alfonso de Valdés con respecto a sus modelos es convertir un relato en primera persona en imagen de la verdad; no son las voces de personajes que se oyen en un escenario o en el espacio del texto, es el relato trabado de la vida de uno de esos personajes: de uno de los mozos de muchos amos.
    Lo curioso es que a él le interesaba crear ese espejo de costumbres para satirizar dos ámbitos precisos, el eclesiástico y el cortesano, y la transmisión de su texto ocultó esa intención. Los lectores vieron en el relato la vida de un pobre muchacho que pasaba hambre, que sufría golpes, que aguzaba el ingenio para sobrevivir y que, tras muchas penalidades, conseguía un oficio deshonroso, el de pregonero, y vivía contento a pesar de saber que se había casado con la manceba de un arcipreste dadas las “fortunas y adversidades” sufridas. Quedó oculto el sentido del porqué precisamente era pregonero y el porqué tuvo cinco amos relacionados con la iglesia y a un ciego rezador o por qué decía que el arcipreste de San Salvador era “servidor y amigo” de Vuestra Merced, y  por qué el destinatario de su carta tenía interés en “el caso”…
     Mateo Alemán que leyó la obra sólo como autobiografía de Lázaro destacó aún más la figura del mozo de muchos amos porque imaginó un sucesor suyo que era ya un pícaro, y así le llamó. Había nacido la novela picaresca, y el realismo se había instalado definitivamente en la literatura. Se había borrado el propósito satírico y fustigador contra una iglesia corrupta que había llevado a escribir a Alfonso de Valdés la carta de Lázaro. El escritor erasmista, sin saberlo, había creado con la voz de su ente de ficción, Lázaro de Tormes, el espacio literario del relato como imagen de la verdad.