El
texto incompleto |
Vuestra
Merced y el caso | Las
referencias históricas del Lazarillo
Datos
biográficos de su autor, Alfonso de Valdés |
El
género literario del Lazarillo
Las lecturas de Alfonso de Valdés en el Lazarillo | El realismo del Lazarillo
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003)]
Los dos Diálogos de Alfonso de Valdés
fueron primero atribuidos a su hermano Juan; el Diálogo de las cosas
acaecidas en Roma pudo serle devuelto al escritor por las menciones que
de él hizo en sus cartas y, sobre todo, por el ataque de Baltasar
Castiglione, el nuncio papal, atestiguado también en su correspondencia.
Aunque se imprimieron siempre juntas las dos obras, el Diálogo de
Mercurio y Carón siguió ahijándose a Juan a pesar
de todas las evidencias a favor de su autor, el secretario de cartas latinas
del Emperador. Fue Marcel Bataillon quien, en 1925 -hace menos de un siglo-
se lo devolvió y lo hizo con el entusiasmo de cumplir con un acto
de justicia.
[Rosa Navarro Durán, Alfonso de Valdés, autor del "Lazarillo de Tormes", (Gredos, 2003: 10-11)]
Pero
a Alfonso de Valdés no sólo se le despojó durante
siglos de la autoría de sus dos Diálogos, sino también
se le ha seguido privando de la de su obra maestra, una "nonada" extraordinaria,
nada menos que de La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades.
Tampoco voy a aportar, como no lo hizo el gran hispanista, nuevos documentos;
pero, como él, voy a leer textos conocidos para poner de relieve
la tela de araña que los une y que con hilo casi invisible va perfilando
de manera nitidísima e incontestable -creo- la autoría de
Alfonso de Valdés. Sé lo difícil que es borrar etiquetas,
poner un nombre donde siempre ha figurado la palabra "anónimo";
pero también que las palabras se mudan como las costumbres, aunque
se tienda a hacer leyes de ellas, precisamente por el miedo a que cambien.
El primer escollo lo ofrece precisamente el propio Marcel Bataillon. El
gran hispanista, el mejor conocedor del erasmismo, afirmaba en su obra
magna, Erasmo en España, que "la autobiografía de Lázaro,
fundador del linaje de los pícaros, no fue concebida por una cabeza
erasmista" . Aunque, en sus palabras nos encontramos ya con una primera
paradoja: que Lázaro, el fundador del linaje de los pícaros,
no es un pícaro, porque no aparece tal palabra en su relato, sino
un mozo de muchos amos; ni el Lazarillo, por tanto, es una novela -término
que tampoco conviene a la obra- picaresca; sería el primer marbete
que habría que modificar. Por otra parte, el erasmismo está
tan presente en el Lazarillo que no se puede pensar sin él un desfile
de personajes eclesiásticos como el de los amos a los que sirve
Lázaro ni menos la sátira feroz del episodio del buldero,
inconcebible después del comienzo del Concilio de Trento.
Hay más escollos -palabras, documentos-; pero otros documentos,
palabras, textos -muchos- servirán de testigos contra sus alegaciones.
No hay un escritor genial desconocido detrás de la autobiografía
de Lázaro de Tormes, sino un escritor genial bien conocido. Ni tampoco
ese autor quiso desaparecer totalmente de su texto para que sólo
se oyera a su personaje. No hay que olvidar la lucha sin voz de los libros
contra el silencio que los hombres les han querido imponer tantas veces
en nombre de sus creencias y en el ejercicio de su poder. A menudo han
salido mal parados.
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003: 13-14)]
En el "prólogo" del Lazarillo hay dos discursos fundidos.
El primer yo es el del autor, que se dirige a los lectores, para hablarles
de su obra, de una "nonada". No hay más que ver cómo se refiere
a sus interlocutores con un plural indefinido: "muchos", "alguno que las
lea", "a los que no ahondaren tanto", etc. Hablará del gusto que
tiene el hombre por la alabanza, por la gloria; lo comparten el soldado,
el predicador, el caballero; en ellos la honra está por encima de
la propia vida, de la salvación de las almas y de la verdad. Ese
deseo de alabanza, de honra le lleva también a él a dar a
los lectores esa "nonada" que ha escrito "en grosero estilo", porque muy
pocos escriben "para uno solo, pues no se hace sin trabajo". Se puede advertir
fácilmente a lo largo de todo este razonamiento inicial la presencia
de ese interlocutor, plural y anónimo, a quien habla el yo del escritor
desde el inicio del prólogo hasta "y vean que vive un hombre con
tantas fortunas, peligros y adversidades".
Pero de pronto, sin tránsito alguno, sin explicación que
medie, aparece un "Suplico a Vuestra Merced" que nos lleva a un cambio
clarísimo de interlocutor. ¿Quién es "Vuestra Merced"?
Ya no habla además la misma persona, porque ahora este nuevo "yo"
dice que escribe porque "Vuestra Merced" le ha pedido que lo haga: "Y pues
Vuestra Merced escribe se le escriba". Lo que le dice Vuestra Merced es
que "relate el caso muy por extenso", y él se remonta al comienzo,
"por que se tenga entera noticia de mi persona". Lo que cuenta es su vida
y quien habla es, evidentemente, Lázaro. El inicio de la obra nos
lo indica: "Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí
llaman Lázaro de Tormes…".Ahora bien, si pensamos que primero habla
el escritor ofreciendo su obra a los lectores y luego Lázaro […],
los dos discursos son perfectamente verosímiles. Lo que sucede es
que entre ambos falta algo, una separación que aclarara que se trata
de dos cosas distintas: el prólogo del escritor y el comienzo de
la obra. Pero no basta sólo un blanco, hace falta saber qué
tipo de obra ofrece el escritor, qué invención ha imaginado
para que luego leamos […] sepamos qué estamos leyendo. Lo que no
nos ha llegado es precisamente el Argumento de la obra, la presentación
de los personajes.
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003: 19)]
¿A
qué se refiere Lázaro cuando habla de "el caso"? Su mención
aparece al comienzo y al final de la obra, le da unidad, como indicó
Francisco Rico, que es quien vio el sentido y la función del caso.
Las palabras de Lázaro al término de su relato, "Hasta el
día de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso", nos indican
a qué se refiere: al rumor de que su mujer es la amante del arcipreste
de San Salvador. ¿Por qué le interesa "el caso" a la dama
a quien Lázaro escribe?
Porque
el Arcipreste es su confesor, a quien
confía los secretos de su alma. ¿Cómo puede esperar
que se los guarde un clérigo que se acuesta con la criada, a la
que ha casado además con un pregonero? Al enlazar el secreto de
confesión amenazado con la profesión del marido de la amante,
pregonero, nos damos cuenta de hasta dónde llega la agudísima
sátira erasmista que hay en el Lazarillo.
Vuestra Merced – él / ella. El testimonio del Quijote.
Al decir Lázaro “Hablando con reverencia de Vuestra Merced porque está ella delante”, indica que Vuestra Merced es una mujer. El Quijote aporta una prueba más (también lo hace La Lozana Andaluza*) de que, cuando el tratamiento de Vuestra Merced se aplica a un hombre, el pronombre que lo sustituye es él ( y no ella):
Sancho Panza hablando con su señor don Quijote le dice: “–Señor,
¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco
con él?, Don Quijote de la Mancha, Primera parte,
capítulo XXI, ed. dirigida por F. Rico, Barcelona, Crítica,
1999, p. 228.
Y en el capítulo XXV, p. 271: “–Señor don Quijote, vuestra
merced me eche su bendición y me dé licencia, que desde
aquí me quiero volver a mi casa y a mi mujer y a mis hijos, con
los cuales por lo menos hablaré y departiré todo lo que quisiere;
porque querer vuestra merced que vaya con él
por estas soledades de día y de noche, y que no le hable cuando
me diere gusto, es enterrarme en vida.”
A) “Señora, si no le pesa a vuestra merced, ¿es ella el mozo?”, La Lozana Andaluza, m. XXVIII, p. 313, ed. de C. Allaigre, Madrid, Cátedra, 1985 (Un escudero se dirige a Lozana).
B) “Para vuestra merced no hay priesa, sino vagar y como él mandare”, m. XXVII, p. 308 (Lozana habla con Canavario).
C) “–¡Pardios, más niña es vuestra merced que
su nietecica! Dexe estar lo que no es para ella”, m. LVIII, p. 449
(Lozana habla con la Garza Montesina).
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003: 29)]
Alfonso
de Valdés [...] situó la vida de Lázaro en escenarios
reales, Tejares, Salamanca, Almorox, Escalona, Torrijos, Maqueda y Toledo
porque lo que contaba sucedía en tierras de León y Castilla;
y puso los límites de su relato entre la derrota de Gelves de Fernando
el Católico y la entrada triunfante del Emperador en Toledo después
de la victoria de Pavía, donde celebra cortes. Sólo un cortesano
fiel a Carlos V pudo escoger con tanto tino ese momento que cierra la evocación
de Lázaro. Fiel e inteligente, como Alfonso de Valdés.
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003: 31, 35-36)]
Alfonso
de Valdés nació en Cuenca en la última década
del siglo XV; fue el sexto de doce hermanos. [...] Sus dos Diálogos
se debieron de publicar en Italia después de su muerte, y probablemente
también su Lazarillo de Tormes. De los Diálogos
se conserva una edición gótica sin lugar ni año; del
Lazarillo,
las primeras que nos han llegado son, como he indicado, de 1554. Sus dos
Diálogos
se atribuyeron siempre a su hermano Juan a pesar de las evidencias que
le señalaban a él como su autor. A finales del siglo XIX,
se le reconoció por fin la autoría del Diálogo
de las cosas acaecidas en Roma o Diálogo de Lactancio y un
Arcediano. Pero hasta 1925 no se le devolvió su Diálogo
de Mercurio y Carón. Marcel Bataillon fue quien lo hizo al señalar
cómo la censura inquisitorial a ese texto [...] era un documento
innegable de que Alfonso de Valdés era su autor. En efecto, en marzo
de 1531, el censor, el Dr. Vélez, dice del texto manuscrito que
le había cogido al canónigo Diego de Valdés: "Compuso
este libro su hermano Alonso de Valdés, secretario de su Majestad
para las cosas de latín".
Esta era la atmósfera en la que escribía Alfonso. La Inquisición
había prohibido antes el Diálogo de doctrina cristiana
(1529) de su hermano Juan, que tuvo que marcharse a Italia para evitar
que le procesaran. No es, pues, raro que La vida de Lazarillo de Tormes,
agudísima sátira erasmista, viviera tantos años oculta;
sólo la mutilación de su texto oscureció algo su sentido
y permitió que saliera a la luz en España a principio de
los años cincuenta; las cuatro ediciones conservadas en 1554 dan
prueba de ello. La Inquisición lo prohibiría cinco años
más tarde.
Mutilado, prohibido, expurgado. Pero el texto permanece con su intensidad,
con su fuerza, con su belleza. Siempre lo hemos leído como una obra
anónima, pero no es hija de la piedra, sino del mejor prosista de
la primera mitad del siglo XVI, el mejor valedor de Erasmo en España:
Alfonso de Valdés.
[Rosa Navarro Durán, "Lazarillo de Tormes" y las lecturas de Alfonso de Valdés, (Excma. Diputación Provincial de Cuenca, 2003: 15-19]
Su
madre, María de la Barrera, era de familia judía; su padre,
regidor de Cuenca, declara "que es cristiano viejo de parte de su padre
e madre excepto de una parte de una agüela por parte de su padre que
tiene parte de converso". Lo procesan y también a su hijo mayor
Andrés, acusados de "fautoría de herejes", es decir, por
oponerse a la actuación del Santo Oficio; les impusieron una multa
con vergüenza pública, pena mínima. […] A su tío,
Fernando de la Barrera, en 1491, la Inquisición lo procesa como
judío relapso y lo condena a la hoguera sin pruebas. Indudablemente
la ejecución sería una tragedia familiar. Fernando era cura
de la parroquia de San Salvador de Cuenca. […] Pocos días después,
lo condenan y entregan al brazo secular para que lo ejecute. Lo queman
el 21 de diciembre. Dos años antes, en 1489 habían procesado
a otro cura de la iglesia de San Salvador, Pedro López. Se le acusó
también de judío relapso y se puso de manifiesto su condición
de clérigo amancebado. […] Lo ponen a tormento de agua y después
lo condenan a ser recluido de por vida en el monasterio trinitario de San
Jorge. […] Tanto Fernando de la Barrera como Pedro López eran curas
de la parroquia de San Salvador de Cuenca, no puede ser casual que el arcipreste
del Lazarillo lo sea también de San Salvador, aunque de Toledo.
Sólo que él sabe nadar y guardar la ropa. […] Es indudable
que esa atmósfera opresiva que se respiraba en la Cuenca de principios
de siglo está detrás de las obras de Alfonso de Valdés.
Y no deja de ser curioso que el último dardo del Lazarillo lo dispare
el escritor contra un clérigo amancebado y que lo sea de "San Salvador".
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003: 37-38)]
Lázaro
no
es un pícaro porque nunca aparece la palabra en la obra; será
un pícaro Guzmán de Alfarache muchos años después,
en 1599 […]. Lázaro es un mozo de muchos amos, como lo fueron Sempronio
y Pármeno, los criados de Calisto, o Rampín, el criado de
Lozana. […] La gran originalidad de Alfonso de Valdés fue centrar
su relato en el mozo y no en la alcahueta o en los señores, cuyo
papel literario se iba esfumando dentro del mismo género.
El texto que nos ha llegado del Lazarillo está formado por tres
partes distintas: el prólogo del autor, la creencia y la declaración
de Lázaro. […] El diminutivo Lazarillo sólo aparece una vez
en el texto, lo llama así el ciego cuando muerde el nabo creyendo
que es la longaniza, y tiene un evidente valor despectivo […]. El diminutivo
en el título de la obra no hace más que subrayar la agudeza
satírica de la mirada, sería equivalente al Francesillo con
que se designaba al bufón del Emperador.
Después del prólogo, figuraría el Argumento, que se
hizo desaparecer, y en seguida empezaría la obra. La curiosa división
en siete tratados sólo pudo hacerla el autor; nadie más que
él podía dividir una obra tan breve, lo mismo que él
sería también quien puso los epígrafes a los que llamó
"tratados". Se asemejan a los que encabezan los capítulos de los
libros de caballería; como se dice al final del prólogo de
la Historia de los nobles caballeros Oliveros de Castilla y Artús
d´Algarbe […]. Alguno del Amadís es de factura muy semejante:
"De cómo el rey Lisuarte, saliendo a caza como otras veces solía,
vio venir por el camino tres caballeros armados, y de lo que con ellos
le acaesció" […]. El único epígrafe que disuena en
el Lazarillo porque no tiene la estructura de los demás es el del
primer tratado […], que tampoco responde a su contenido. Debió de
ponerlo el impresor español para dividir lo que vio fundido, el
prólogo y el comienzo de la obra.
El término "tratado"está también cuidadosamente elegido;
no es el ambiguo "mamotreto" de la Lozana; debe de hacer referencia al
contenido "real" de la obra, a su condición de testimonio. Juan
de Valdés justifica la forma que da al Diálogo de doctrina
cristiana de esta manera: "Y porque fuera cosa prolija y enojosa repetir
muchas veces "dijo el arzobispo", y "dijo el cura", y "dije yo", determiné
de ponerlo de manera que cada uno hable por sí, de suerte que sea
diálogo más que tratado". La declaración "real" de
Lázaro está dividida precisamente en "tratados". Antes de
comenzar Lázaro a hacer tal declaración, se dirige a la dama
que ha solicitado la información para presentarse : es la creencia.
El relato de Lázaro no adopta la forma de una carta, como se ha
dicho y yo misma he venido sosteniendo, porque no tiene rasgo alguno que
permita su identificación como tal. Es fácil imaginarse a
un escribano -en el Diálogo de la lengua, uno, escondido, toma nota
del diálogo de los personajes- escribiendo lo que dice Lázaro,
porque, como he dicho, el pregonero no sabe escribir. Precisamente sus
sucesores, los pícaros, irán a la Universidad para dar verosimilitud
a la escritura de su autobiografía. Lázaro no cuenta su vida,
sino que hace información del caso. No hay fórmula inicial
de carta y, sobre todo, no hay cierre propio de tal género; no hay,
por tanto, rasgo alguno que nos lleve a hablar de carta, que nos permita
reconocerla. […] El caso del Lazarillo es la materia de la información
que solicita la dama y a la que responde Lázaro, y puede hacerlo
porque es parte interesada; está implicado en él: él
es la tapadera honrosa que ha escogido el arcipreste de San Salvador para
ocultar el amancebamiento con su criada. Lázaro declara la información
solicitada, y va precedida de la "creencia" que valida su declaración.
[…] Lázaro no escribe ni dice nunca que lo hace; si se refiere a
lo narrado, lo menciona como "dicho" […]. Queda así muy clara la
voz del escritor en el prólogo hablando "de esta nonada que en este
grosero estilo escribo". El personaje que protagoniza esta nonada no puede
escribir porque es analfabeto; su relato es un parlamento, una declaración,
que anota con fidelidad un escribano, sin teñirla más que
en muy raros casos de términos jurídicos y que responde a
la petición de información de "Vuestra Merced". […] Alfonso
de Valdés leería la breve relación que Gonzalo Fernández
de Oviedo hizo a Carlos V sobre lo que había visto en las Indias;
el Sumario de la Natural Historia de las Indias se publica en 1526 en Toledo.
El escritor se lo dedica al Emperador, y a él se dirige en todo
el reportorio, relación o información. […] Valdés
leería ese informe, esa relación de hechos reales; la escribió
Gonzalo Fernández de Oviedo para el Emperador cuando la corte -y
con ella, Valdés-estaba en Toledo; algunos de los rasgos del género
pudieron sugerirle la construcción, la forma del Lazarillo de Tormes.
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003: 45-46)]
Todos los amos de Lázaro tienen en común una vivencia de
la religión que los hubiera condenado indudablemente desde una mirada
erasmista. Salvo el maestro de pintar panderos, del que no sabemos nada,
porque su presencia podría parecer que se debe a crear tiempo en
la vida de Lázaro, como apuntó Manuel J. Asensio, ya que
dice inmediatamente "siendo ya en este tiempo buen mozuelo". Y el alguacil,
que le ofrece un modelo que no le gusta a Lázaro por ser su "oficio
peligroso". Pero los dos son los únicos que no tendrían cabida
en el desfile de ánimas valdesiano porque ni son clérigos
ni cortesanos: ésta es la razón de su breve tratamiento en
el Lazarillo; son meros personajes de relleno, que aumentan la experiencia
de Lázaro y que la hacen más verosímil; pero que también
disimulan el hecho de que el muchacho esté al servicio de tantas
personas personas relacionadas con el ámbito eclesiástico,
porque éste es el propósito de la obra, visible para lectores
cómplices del escritor, que gozarían con su punto de vista.
[Índice del capítulo 4 del ensayo de Rosa Navarro Durán, "Lazarillo de Tormes" y las lecturas de Alfonso de Valdés, (Excma. Diputación Provincial de Cuenca, 2003: 33-144)]
1.
Los libros de caballería: Amadís de Gaula, Oliveros de
Castilla...
1. 1. "Tomar por la mano"
1. 2. Santiguarse
1. 3. "Don traidor"
1. 4. "La cosa del mundo que yo más quiero"
1. 5. La profecía
1. 6. La recuesta
1. 7. "Después de Dios, éste me dio la vida"
1. 8. Contar el caso por extenso
1. 9. Otras huellas posibles
2. Romances y canciones: una herencia oral
3. Las cartas sobre el saco de Roma
3. 1. Los cambios
3. 2. Un real para comer
3. 3. Testimonios de época
4. La Crónica burlesca del emperador Carlos V de Francesillo
de Zúñiga
4. 1. Fórmulas
4. 2. La Costanilla de Valladolid y las Cuatro Calles de Toledo
4. 3. La obsesión cortesana por las fórmulas de tratamiento
4. 4. El Papa y el ambiente del saco de Roma
4. 5. Concordancias léxicas
5. El Decamerón de Boccaccio
5. 1. La sátira de las reliquias
5. 2. Invitar sin ofender
5. 3. ¿Coincidencias significativas?
5. 4. El razonamiento
5. 5. La cámara, el lecho y las calzas
5. 6. El hábito de clerecía
5. 7. Otros motivos
6. El Novellino de Masuccio Salernitano
6. 1. El falso milagro
6. 2. La caza de la culebra
6. 3. Una mirada
6. 4. El moro negro
6. 5. El arcipreste que no guarda el secreto de confesión
7. La Vida de Esopo
7. 1. El vómito delator
8. La traducción de El asno de oro de Apuleyo de Diego López
de Cortegana
8. 1. Galillo / gulilla
8. 2. Dulce y amargo
8. 3. Los echacuervos
8. 4. Dos motivos literarios
8. 5. Las barbas de cabrón
9. El Arcipreste de Talavera
9. 1. La camareta y la dura cama
9. 2. Los gestos y la vanagloria
9. 3. Los hurtos
9. 4. ¿Otras concordancias?
10. La
Obra de agricultura de Gabriel Alonso de Herrera
10. 1. "Yo con una paja larga de centeno..."
10. 2. Matar toros en honor de santos
10. 3. Palabras e ideas
11. Las
Quincuagenas de fray Luis de Escobar
11. 1. Los bulderos echacuervos
11. 2. El pobre escudero
11. 3. El fiel servidor
11. 4. Leves signos
12. El
Tercer abecedario espiritual de Francisco de Osuna
12. 1. "Alumbrar el entendimiento" y otros usos léxicos
12. 2. Trozos de vida cotidiana
12. 3. Comparaciones
12. 4. Situaciones, palabras: posibles concordancias
[Rosa Navarro Durán, "Introducción" a: Alfonso de Valdés, La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, (Octaedro, 2003: 89-90)]
En
La
vida de Lazarillo de Tormes habla Lázaro, y él les da
la palabra a menudo a los personajes de su mundo. Su lengua es una maravilla
de naturalidad; no hay afectación alguna. El magnífico escritor
se ha escondido tan bien en la voz de su personaje que el anonimato, fruto
de las circunstancias que le tocó vivir, ha parecido siempre obligado
por la verosimilitud de la obra. Parecía evidente que Lázaro
era su autor; pero no es así. Alfonso de Valdés habla por
boca de Lázaro, le hace vivir, ver y notar lo que él denuncia
desde su pensamiento erasmista. Sólo que consigue darle su lengua,
su registro lingüístico, el que todos entienden y el que todos
admiramos: prodigio de expresividad, de concisión, de eficacia;
con esas repeticiones de palabras, que le son tan propias o con coloquiales
anacolutos, con un aparente y cuidado descuido, con una naturalidad espléndida.
La mutilación del texto impidió que nos diéramos cuenta
de que sólo era el narrador y protagonista de la obra, no el autor
de toda la obra. El Argumento que arrancaron nos lo hubiera dicho;
pero los modelos que siguió su autor, las lecturas que le llevaron
a imaginar esa espléndida invención proyectan su luz sobre
el hueco, el folio que falta, y a la vez establecen los puentes necesarios
entre sus tres obras. Alfonso de Valdés dio voz a su Lázaro
de Tormes, ejemplo de naturalidad, para que contara el comportamiento de
determinadas personas, pero no mirándolas desde lo alto, sino sufriendo
sus golpes; ansiando, muerto de hambre, el pan de su arcaz cerrado; viéndolos
hambrientos en su casa vacía y presumiendo en la calle, oyéndolos
representar los milagros o sirviéndoles en la vida de tapadera honrosa
de sus vicios. Era un personaje de comedia, pero actuó en el teatro
del mundo con distintos registros.
Fue tal la autenticidad que Alfonso de Valdés dio a su voz que el
mozo de muchos amos, Lázaro de Tormes, se convirtió en uno
de los entes de ficción más "reales" que conocemos.
La vida de Lazarillo de Tormes de Alfonso de Valdés crece en hondura, en intención, en ironía; su autor no sólo fue el mejor prosista de la primera mitad del siglo XVI, sino un escritor inteligentísimo. Como él dijo, ahora "podría ser que alguno que lea [cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas] halle algo que le agrade"; que a todos nos deleitan, está largamente probado.
La lectura que hizo Alfonso de Valdés de La Celestina dejó
huella en sus dos Diálogos, pero mucho más en La vida de
Lazarillo de Tormes. Su gusto por la tragicomedia le llevaría a
seguir leyendo las obras que discurrieron por la misma senda: La comedia
Thebaida, La comedia Serafina y el Retrato de la Lozana Andaluza. Precisamente
esta última, que se publicó en Venecia en 1528, marca el
final de la influencia de la literatura celestinesca en el relato de Lázaro.
El saco es el fondo anunciado de esa Roma prostibularia, del que Francisco
Delicado decidió salvar a sus personajes; el Arcediano del Viso
consiguió escapar disfrazado de soldado y así pudo narrárselo
como testigo a Lactancio en el Diálogo de las cosas acaecidas en
Roma. Y esa Roma, de soldados mercenarios que viven de la guerra -no importa
el bando- es la que pinta Bartolomé de Torres Naharro en su comedia
Tinellaria. Alfonso de Valdés no sólo la leyó, como
las demás comedias del extremeño, sino que su prosa, la de
sus tres obras, da fe de ello.
Ir tirando de los sutiles hilos que enlazan los dos Diálogos y el
Lazarillo a esas obras no sólo descubría los gustos de Alfonso
de Valdés, sino que trababa con nudos cada vez más indisolubles
la asombrosa autobiografía de Lázaro con los Diálogos
del secretario del Emperador. Y al mismo tiempo le daba un marco literario
en el que Lázaro adquiría sentido: podría haber sido
un Pármeno adolescente, sólo que su creador decidió
alejarlo del ámbito de Celestina y convertirlo en testigo y víctima
de la actuación de una serie de personajes del ámbito eclesiástico
y de un único cortesano. En vez de dar voz a las ánimas para
que contaran su vida a seres literarios en un lugar literario, creó
a un pobre muchacho y lo hizo vivir en un tiempo y en un espacio reales
para que viera y notara en su propia carne cómo actuaban los ciegos
rezadores crueles, los clérigos mezquinos, los hidalgos escuderos
muertos de hambre que soñaban con ejercer vilmente el servicio a
un señor, los frailes mercedarios con sus trotes, los bulderos estafadores
que mostraban el vergonzoso negocio de las bulas, los capellanes explotadores,
los arciprestes amancebados que buscaban una apariencia supuestamente digna
para esta situación… La elección de los amos de Lázaro
la hizo un erasmista convencido, además de un escritor genial. Por
eso no les puso nombre, para que fueran más que personajes, representantes
de un estado; uno de muchos. Sólo que su maestría literaria
demostró que los hombres sin nombre pueden también ser inmortales.
La atmósfera del Lazarillo era la de la literatura celestinesca
, pero su sátira era esencialmente ideológica; su calado
era mucho más hondo. Tanto que se arrancaría el folio donde
posiblemente figuraría su argumento para que no se viera
que se ponía en la picota al sacramento de la confesión a
través de esa maravillosa sutileza que consistía en dudar
de que un arcipreste, un miembro más de la curia eclesiástica
corrupta, pudiera guardar los secretos dichos en busca del perdón
divino y acabaran éstos nada menos que en boca del pregonero de
Toledo. Y antes además había dejado que su humilde personaje
padeciera la mezquindad, la avaricia, la crueldad y otras cosillas de personajes
de la iglesia. Y no había dejado pasar la ocasión de que
fuera testigo privilegiado, con su inocente mirada, de los embustes de
un buldero. Esas bulas se habían vendido tan mal, en otro lugar
de la tierra literaria, que un ánima que subía a la barca
de Carón se llevaba con ella sus plomos con la esperanza de venderlas
en
el infierno. No sólo son las obras literarias leídas por
Alfonso de Valdés las que tienden los puentes entre sus Diálogos
y su Lazarillo, los pone también su pensamiento.
En la exposición de las concordancias, de los motivos literarios
comunes a las obras de Alfonso de Valdés y a las lecturas que hizo,
a menudo aparecen repeticiones, porque los enlaces están también
entre los libros leídos. Fernando de Rojas había leído
a Plauto; y el autor de La Thebaida, que seguramente escribió también
La Serafina, y Francisco Delicado habían leído cuidadosamente
La Celestina. Y Torres Naharro, también lo hizo con gusto y admiración;
pero a él le leyeron tanto el autor de La Thebaida como Francisco
Delicado como el propio Valdés. Incluso a Lozana le gustaba mucho
"la comedia Tinalaria", y "las coplas de Fajardo", que debió de
leer Alfonso de Valdés porque sus obras indican la lectura de poemas
del Cancionero de obras de burlas. Juan de Valdés me guió
al comienzo con sus juicios literarios del Diálogo de la lengua;
luego substituyó al escritor -como a Virgilio- la obra literaria
-otra Beatriz-. El entramado descubierto es realmente apasionante; es la
estofa de un género literario que nace con La Celestina, que, proteico,
adopta muchas formas, y una de ellas es uno de los pilares de la novela
moderna: La vida de Lazarillo de Tormes. Desvelándolo no pretendo
tanto señalar unas fuentes como convertirlas en pruebas de que su
autor sólo pudo ser Alfonso de Valdés.
Erasmo se dio perfecta cuenta de que la ficción no podía
nutrirse sólo de los disparates fabulosos que enloquecieron y alumbraron
a nuestro genial don Quijote, fábulas "propias para ser recitadas
por viejas por engañar el sueño al amor de la lumbre". Y,
como sabía también que nuestro estilo se moldea con lo que
leemos, recomienda al príncipe niño "la lectura de comedias";
su admirado Terencio tiene un estilo muy cercano al habla corriente y en
sus obras se imita el vivir cotidiano; o como dice Cicerón -y recuerda
en el Proemio de la Propalladia Torres Naharro-, la comedia es imitatio
vitae, speculum consuetudinis, imago veritatis. Este era el nuevo ideario
estético que defendía Erasmo --y sus Coloquios lo muestran-,
y éste era el nuevo y revolucionario camino que emprendía
la literatura renacentista en España con La Celestina como norte;
"ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté
más natural, más propia ni más elegante", como dice
Juan de Valdés. El estilo de Torres Naharro era también para
él "muy llano y sin afectación ninguna". Su hermano Alfonso
consiguió una cumbre superior de naturalidad, de elegancia, de imitación
de la vida, de espejo de las costumbres, de imagen de la verdad. Hizo lo
que le dijo Celestina a Sempronio: "Abrevia y ven al hecho, que vanamente
se dice por muchas palabras lo que por pocas se puede entender", I, 51.
Sólo que debajo del sayal, hay ál: la finísima sátira
erasmista de la práctica de una religiosidad externa y de los ministros
corruptos de la Iglesia, sin caridad alguna. Esta vez no se oía
a las ánimas condenadas por su avaricia, ambición, hipocresía,
contando su vida antes de subirse a la barca de Carón; sino al pobre
Lázaro, uno de sus humildes criados, que hablaba de la experiencia
vivida con esos personajes; lo que había visto y sufrido, ahora
lo contaba.
Escogió Alfonso de Valdés el género cómico,
como decía Erasmo, para pintar la vida cotidiana, para ofrecer un
espejo de lo que pasaba en la calle. Su personaje, el niño, el adolescente
Lázaro, sufría calabazadas, jarrazos, garrotazos; salía
de ellos con la cara rota, sin dientes, descalabrado; tenía que
pensar las mil artes para poder comer, pero, aparentemente indemne, iba
subiendo escalones hacia la cumbre de toda su buena fortuna; se vestía
de viejo para aparentar ser hombre de bien y conseguía, por fin,
un oficio real gracias a múltiples recomendaciones: era pregonero.
Incluso se asentaba, se casaba con la criada del arcipreste de San Salvador,
cuyos vinos pregonaba. Sólo que, al pregonar los vinos del Arcipreste,
se le abre el camino para vender vinagre. […] Ella le pregunta por "el
caso", y él le da entera noticia de su persona: es La vida de Lazarillo
de Tormes, la más aguda sátira erasmista nunca vista ni oída,
en clave cómica para que divierta. Lo curioso es que la verdad se
rebeló y dejó ver al lector los ojos del muchacho y sus golpes
y su hambre, y se inició otro camino en la literatura universal.
Porque, como dijo fray Antonio de Guevara, "sobre todas las cosas el tiempo
tiene señorío si no es sobre la verdad, la cual a ninguno
reconoce subjeción" .
Alfonso de Valdés tenía otra devoción absoluta, además
de su admirado Erasmo, su señor, el emperador Carlos V. Esa es la
razón de que la vida de Lázaro esté flanqueada por
dos hechos históricos: la derrota de las tropas de Fernando el Católico,
la batalla de Gelves, en 1510, donde muere su padre; y la entrada en Toledo
del victorioso Emperador, en 1525. También el rey Fernando, tan
admirado en la Corte, tuvo fracasos en su lucha contra los moros, y Gelves
lo indica. Carlos V, en cambio, consigue la mayor victoria que podía
imaginarse al vencer y encarcelar sus tropas en Pavía a Francisco
I, el rey de Francia. Es una victoria que parece providencial porque así
el Emperador podrá dedicarse a su lucha contra turcos y moros para
conseguir ese único rebaño con un único pastor del
que hablaba Cristo. También en 1525, Carlos V entra por primera
vez en Toledo, la ciudad de la resistencia comunera. Acuden a la ciudad
tantos embajadores que "nunca antes se vieron en estos reinos tantos embajadores
como este año", como dice Francesillo de Zúñiga. Y
el Emperador anuncia sus esponsales con Isabel de Portugal, una elección
feliz ecónomica, política y personalmente, como sabía
muy bien Alfonso de Valdés. Este es el marco histórico que
elige para su Lazarillo.
Ideología y política en el relato de Lázaro: la de
su autor; pero el arte literario de Alfonso de Valdés le llevó
a crear un asombroso y entrañable personaje, su Lázaro de
Tormes, que vivió entre personas sin nombre, el ciego, el clérigo,
el escudero, el buldero, el arcipreste de San Salvador…, y los hizo inmortales;
que sufrió burlas que tenían estofa cómica y las convirtió
en vivencias dolorosas para el lector, que se pone en su piel. Su lengua,
prodigio de naturalidad, de expresividad, de "verdad", ha asimilado tan
maravillosamente toda la carga literaria que tenía, todas las lecturas
que su autor puso en ella, que aparentemente no le ha quedado rastro alguno;
las ha hecho invisibles.
Alfonso de Valdés, el tiempo que le sobraba después de haber
cumplido con lo que a su oficio era obligado, lo empleó en leer
buenos libros y en escribir, después de sus dos Diálogos,
La vida de Lazarillo de Tormes. Como le dijo Erasmo, en carta del 29 de
agosto de 1531: Habes tu quidem in te quo nomen tuum consecres immortalitati,
nec eximia virtus moratur hominum laudem. Que así sea.
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