[Fragmento del
apartado número 4 del ensayo:
"ALGUNOS GUIÑOS LITERARIOS EN EL LAZARILLO DE TORMES"]
[...] El buen escritor intensifica
su creación a partir de lecturas asimiladas que puede compartir con
el lector. Sólo así puede saborearse, por ejemplo, la olla que
comerá tan a gusto Sancho en la venta –que ya no castillo– donde se
alojan los dos lectores de la falsa Segunda parte, don Jerónimo y
don Juan, II, 59. Dice “Comeme, comeme” , como la del texto de Avellaneda,
pero, en cambio, tiene un ingrediente de la que carece aquella: uña
de vaca, tomada directamente del Lazarillo de Tormes, de la buena literatura.
Y en esta espléndida obra, hace parecidos juegos Alfonso de Valdés.
La carta de Oriana a Amadís,
que tanta trascendencia tiene para el curso del relato, comienza con la paráfrasis
de unos versos del romance del conde Claros: “Si los grandes yerros que con
enemistad se fazen, bueltos en humildad son dinos de ser perdonados” . En
el Lazarillo hay un pasaje que se ha leído, con razón,
referido también al romance; dice Lázaro del escudero: “Y súbese
por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le
conociera pensara ser muy cercano pariente al conde de Arcos, o, a lo menos,
camarero que le daba de vestir” . La edición de Alcalá lee “conde
Alarcos”, pero el texto no tiene relación con el contenido del romance
“Retraída está la infanta”. En cambio, como dice Francisco
Rico, “la referencia al “camarero” evoca muy a la letra los versos de otro
romance (“Media noche era por filo”), donde se describe cuán suntuosamente
se viste el conde Claros, ayudado por su camarero: “Levantá, mi camarero,
/ dame vestir y calzar”, y añade el erudito: “Véase tembién
el que empieza “A caza va el Emperador” .
Precisamente la clave de lectura
está en este segundo romance, porque el conde Claros que en él
aparece es un noble empeñado que le pide dinero al Emperador, “contando
le yua contando / el gran menester que tenía”: “mis armas tengo empeñadas
/ por mil marcos de oro”. Así entendemos lo que dice el escudero a
Lázaro a propósito de su espada: “¡Oh, si supieses, mozo,
qué pieza es esta! No hay marco de oro en el mundo por que yo la diese”,
p. 31. Ese “marco de oro” es una referencia al romance; el Emperador ordenará
en él: “dad mil marcos de oro al conde / para sus armas quitar; / dad
mil marcos de oro al conde / para mantener verdad” . Sólo puede ser,
por tanto, el conde Claros el que tiene un “camarero que le daba de vestir”;
y es errata la lectura Arcos, de un cajista que no conocía el romance
y que, por tanto, no debía de ser español. La ironía
es evidente: Lázaro sirve al escudero, pero sólo para contar
cómo nada tiene en su casa, nada come y viste un único “razonable
vestido”.
Lázaro verá
poco después a su amo “en gran recuesta con dos rebozadas mujeres”,
y dice de ellas que “muchas tienen por estilo de irse a las mañanicas
del verano a refrescar y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas
riberas”, p. 32; esas “mañanicas del verano” podrían ser también
herencia de romances. En el romance “Arriba, canes, arriba”, se cuenta cómo
los moros raptan a la hija del Emperador, y dice su enamorado: “pues me l´an
tomado moros / mañanica de sant Juan / cogiendo rosas y flores / en
un vergel de su padre”, p. 282. Es la misma circunstancia temporal del también
popular romance “Yo me leuantara, madre / mañanica de sant Iuan. /
Vide estar una donzella / ribericas de la mar”, p. 282; se junta el calor
del verano con el frescor de las mañanas en el vergel o junto al río
o mar; es el diminutivo “mañanicas” el que funciona como elemento referencial.
Como ya indicó Francisco
Rico, cuando Lázaro dice que le contó al escudero lo que le
pareció bien de su vida “porque me parecía no ser para en cámara”,
pág. 28, estas palabras recogen el popular cantarcillo “No sois vos
para en cámara, Pedro, / no sois vos para en cámara, no” .
El mismo estudioso anotó la presencia
en el Lazarillo de la citada canción “Señor Gómez Arias”.
Lázaro, al verse asido por el cuello del jubón por el alguacil,
que le amenaza con llevarlo a la cárcel si no descubre los supuestos
bienes del escudero, dice “Yo, como en otra tal no me hubiese visto”, pág.
41. Dicho por Lázaro, desaparece el juego paradójico que provocaba
la risa; lo que sucede es que otro texto con la referencia sirve de intermediario:
La Lozana Andaluza, porque tiene un elemento en común con la
escena de la alusión: el imposible pago de la casa.
El “hábito de hombre
de bien” de Lázaro consigue la pátina necesaria de vejez con
el estado de las telas (“un jubón de fustán viejo”, “una capa
que había sido frisada”) o con una referencia a un villancico Juan
del Encina: “un sayo raído de manga tranzada y puerta”, pág.
48. En “Ya soy desposado, / nuestramo, / ya soy desposado”, Mingo dice que
le dio a su desposada: “Una [saya] que se viste / añir torquesada,
/ de manga trançada” .
[Apartado número
5 del ensayo:
"ALGUNOS VERSOS DEL LIBRO DE BUEN AMOR EN EL LAZARILLO
DE TORMES"]
Álvar Gómez
de Castro, el humanista toledano biógrafo de Cisneros, anotaba pasajes
de sus lecturas, como atestiguan los manuscritos conservados. Dice Sánchez
Cantón: “Ningún testimonio más fiel y sugestivo conozco
del método de trabajo de un humanista español: en un desorden
inverosímil, mézclanse en estos manuscritos, en su casi
totalidad autógrafos, cartas, versos propios y ajenos, inscripciones,
refranes, proyectos de libros, recetas, fragmentos de romances, extractos
y citas de obras clásicas y medievales…” . Entre tales notas, que nos
permiten imaginar el procedimiento de los escritores , encontró copiados
unos versos del Libro de buen amor (siete de ellos desconocidos);
Gómez de Castro transcribe una cuaderna vía con la reacción
de doña Endrina a las palabras de la vieja alcahueta: “Cada que
vuestro nombre yo le estó deziendo, / otéame e sospira e está
comediendo, / aviva más el ojo e está toda bulliendo: / paresçe
que convusco non se estaria dormiendo”. El “aviva más el ojo”del pasaje
que interesó al humanista nos lleva a las primeras palabras que Lázaro
se dice a sí mismo, tras la calabazada con el toro de piedra:“Verdad
dice este, que me cumple avivar el ojo y avisar”, pág. 8; aunque podría
pensarse en un uso común (aunque el verbo avivar suele aplicarse a
otros términos).
Sin embargo, hay más
huellas de lectura recreadas en el Lazarillo de este texto que, como
es bien sabido, circulaba manuscrito. Selecciono sólo dos pasajes del
Libro de buen amor para que pueda verse cómo se han convertido
en estofa literaria del Lazarillo.
Una de las fábulas
–o ejemplos– que recoge el arcipreste de Hita es la del lobo y la grulla.
Al comer una cabra, se le atraviesa en la garganta un hueso al lobo; ahogándose,
promete “tesoros e riqueza” a quien se lo saque; y una gruella “sacole con
el pico el hueso con sotileza”; pero cuando pide el premio prometido, le contesta
el lobo: “¡Cómo! ¿Yo non te pudiera tajar / el cuello
con mis dientes si quisiera apertar?”, págs. 68, 70. El pasaje en
el Ysopet con sus fábulas hystoriadas se formula muy de otra forma:
“¿Non sabes que tenías tu cabeça dentro en la mi boca
de manera que te pudiera degollar si quisiera?” .
Si ahora superponemos la escena del ciego oliendo
la boca abierta de Lázaro en busca de la longaniza perdida y leemos
la reflexión de Lázaro sobre la oportunidad que dejó
escapar, vemos el guiño literario: “fue no dejarle sin narices, pues
tan buen tiempo tuve para ello, que la meitad del camino estaba andado; que,
con solo apretar los dientes, se me quedaran en casa”, págs. 14-15.
El trote del fraile de la
Merced, su continuo andar y su romper zapatos, de indudable contenido sexual,
lo podemos intensificar si recordamos la actividad de las trotaconventos:
“E busca mensajera de unas negras pecas, / que usan mucho fraires [e] monjas
e beatas; / son mucho andariegas e meresçen las çapatas; / estas
trotaconventos fazen muchas baratas”, págs. 117-118.
El Libro de buen amor
se cierra precisamente con la cantiga de los clérigos de Talavera,
donde se recoge la protesta contra el decreto de excomunión de los
clérigos amancebados y el desespero de toda la clerecía,
y con dos cantares de ciegos; asuntos ambos esenciales en el Lazarillo.
[Fragmento del
final del ensayo]
Romances y canciones eran el material literario ideal
para esos guiños ya que su popularidad garantizaban el reconocimiento,
que es esencial para que cumplieran su función. Mi pretensión
ha sido sólo subrayarlo en textos de esos años tan fundamentales
para la creación de la novela moderna, cuando aparentemene la
vida cotidiana se cuela en el texto narrativo.
Rosa Navarro Durán
Universidad de Barcelona