Las lecturas de Alfonso de Valdés afloran en el texto de La vida de Lazarillo de Tormes y también en el de sus dos Diálogos, el de las cosas acaecidas en Roma y el de Mercurio y Carón (Navarro, 2003). No sólo se establece  así un vínculo entre las tres obras que permite dibujar con claridad la figura de su autor, sino también apuntan a unas circunstancias precisas que vivió el genial escritor conquense y a sus gustos literarios. Añadir nuevos textos a su biblioteca no hace más que abundar una y otra vez en los mismos datos: en el tiempo en que vivió, en la ideología que tenía, y en el vínculo que une sus obras, porque unas mismas lecturas trasminan por el Lazarillo y por sus Diálogos.
 Pero también nos aportan datos sobre el texto del Lazarillo algunos de los escritores  de los siglos aúreos que lo leyeron y dejaron que la huella de su lectura se hiciera visible en sus creaciones. Algunos, como Cristóbal de Villalón o Teresa de Jesús, tomaron pasajes acordes a su forma de pensar; otros, como Lope de Vega, imitaron su originalidad novelesca.




      1. JUAN DE LUCENA, ALFONSO DE VALDÉS Y TERESA DE JESÚS

    Francisco Rico ya señaló en su primera edición del Lazarillo (1967: 6, nota 4) cómo uno de los ejemplos que aparecen en el prólogo que mostraba el gusto del hombre por la alabanza era semejante al que aparecía en el Tractado de los gualardones de Juan de Lucena:“¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala tiene más aborrecido el vivir? No, por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro”(Valdés 2004: 3). Rafael Lapesa publicó el texto del Tractado, que sólo nos ha llegado transcrito en un único manuscrito, el R-125 de la Biblioteca Nacional de Madrid, en los folios 199-207 (o 184-191, según la numeración que sigue Lapesa). Comienza así:

    A todos los militares y nobles varones, el protonotario de Luçena, ssalud y onrra. Commo quier que la vertud por sy mesma es de querer, porque allende de ylustrar los varones trae consigo una tal delectaçión que harta los ánimos que la resçiben, mucho más pero es de amar por el premio que se espera por ella. Nazçe della la gloria y dela gloria nazçe ella. ¿Quién de vosotros, caualleros, militares, nobles varones, con tanto peligro atantas afruentas se parasse syno esperase de su vertud otro fruto que la sola delectaçión que aquellas trae consigo? ¿Quién tantas vezes passaría los puertos de Çafarraya? ¿Quién tantos días syn quitar la bauera beuería las turuias aguas de Bética? ¿Quién combatiría gente tan báruara? ¿quién arrimaría alos altos muros las escalas, quién subyría el primero por ellas no esperando la gloria del premio? Ninguno, por çierto [...] Pues agora en tan gloriosa enpresa que los sereníssimos reyes nuestros señores Ferrando y Ysabel, junta mente ynperando, por dilatar el nonbre christiano, por rematar el morisco de todas las partes d´España, en estos nuestros tyenpos an enprendido, no exçitaría –yo creo– vuestros generosos coraçones a seruyr los enella sola la dulçor de la vertud: tantos tan amargos bocados non se podrían tragar con sola ella. Otra cosa mayor, otra cosa más grande los despierta: la gloria, la fama, la qual, commo cosa transytoria aun que la deuaes en poco tener, por ser cadahalso de la vertud non se deue menospreçiar (Lapesa, 1971:137).

    La larga cita (en la que he destacado el pasaje común al prólogo del Lazarillo) permite además fechar la obra antes de la toma de Granada, como dice Rafael Lapesa: “Este tratado hubo de componerse entre 1482 y 1492, toda vez que en su prólogo se habla de la guerra de Granada como de cosa actual” (1971: 142). Y en seguida establece un paralelismo entre la invención histórica y mitológica de la que hace gala Juan de Lucena en el tratado y la misma práctica de fray Antonio de Guevara: “Este juego de la fantasía con nombres y motivos del mundo clásico no es el único aspecto en que el Tractado de los gualardones hace pensar en el Marco Aurelio de Guevara: las dos obras se asemejan también en ciertos rasgos de estilo” (Lapesa, 1971:143).
Juan de Lucena, “seguramente hijo de Martín González de Lucena”, el médico judío del marqués de Santillana (Alvar / Lucía, 2002: 666), defendió a los judaizantes perseguidos por la Inquisición y, como dice Lapesa, “anticipa algo de lo que había de ser iluminismo, erasmismo, exaltación imperialista e inquietud social den la España de Cisneros y de Carlos V” (1971:126). Fue protonotario apostólico y consejero de los Reyes Católicos; y a pesar de ello, fue procesado en 1503 por el inquisidor principal de Zaragoza, Hernando de Montemayor  por sospechas de judaísmo.
    No deja de resultar curioso advertir cómo su perfil es muy semejante al de Alfonso de Valdés. Y también de nuevo se comprueba cómo otra fuente del Lazarillo nos lleva a un periodo tan temprano. El tractado de los gualardones no se imprimió nunca y no debió de circular mucho si tenemos en cuenta que nos ha llegado en un solo manuscrito; pero al secretario del Emperador no le resultaría difícil leerlo.
    Lapesa veía muy cerca de la forma literaria de inventar mitos e historia que tenía Lucena a fray Antonio de Guevara, el predicador del Emperador; y precisamente, como indiqué (Navarro, 2004: 174), Alfonso de Valdés toma de su Relox de príncipes, del capítulo XLIV, la tercera de las citas enlazadas en el prólogo del Lazarillo para glosar cómo todos buscan y se complacen con la alabanza: “Justó muy ruinmente el señor don Fulano y dio el sayete de armas al truhán porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas, ¿qué hiciera si fuera verdad?” (Valdés, 2004: 3). Fray Antonio de Guevara, que se lamenta  de cómo “los señores de estado tienen por grandeza tener en casa a un truhán chocarrero”, exclama:

     ¿Qué me queda que dezir después de aver dicho esto que quiero dezir? Y es que sólo porque diga un truhán en público “Ha la gala de Fulano. ¡Viva!, ¡viva su generosa persona!”, sin más ni más le dan un sayón de seda; y, partidos de allí, si entran en una iglesia, no darán al pobre una blanca (Guevara, 1994: 926-927).

    Queda un tercer ejemplo, que intercala entre los dos citados: “Predica muy bien el presentado y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten a su merced si le pesa cuando le dicen: “¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho Vuestra Reverencia!” (Valdés, 2004: 3). No he localizado todavía su fuente –si la tiene y no es sólo creación del escritor–, pero Eugenio Asensio sí encontró a una lectora: a Teresa de Jesús. Señala el erudito una posible “reminiscencia del prólogo” del Lazarillo en el capítulo VII de las Meditaciones sobre los Cantares (Asensio, 2005: 134).
[…]


    Teresa de Jesús suaviza lo que dice el texto del Lazarillo al glosarlo, y queda más limado aún en la versión del manuscrito de Alba de Tormes (la sutil sustitución de “un predicador” por el indefinido “uno” es una prueba de la existencia de una mano censora, y muy probablemente no la de la propia santa).
Que Teresa de Jesús leyera el Lazarillo no es de extrañar (era una lectora voraz, y el Lazarillo circularía bastante antes de ser prohibido, como lo indican las cuatro ediciones conservadas de un mismo año, 1554); y tampoco que le impresionara esa afirmación inicial, tan cercana a su forma de concebir la vivencia cristiana.
    La lectura del Lazarillo había dejado ya una clara huella en El Crótalon; en el cuarto canto del gallo, “en el cual describe maravillosamente las tacañerías y embaimientos  y engaños de un falso religioso llamado Alexandro”(Villalón, 1990: 139). Cristóbal de Villalón incluye pasajes inspirados en el Diálogo de Mercurio y Carón junto a otros que se vinculan claramente al Lazarillo (Navarro, 2006), y copia literalmente fragmentos del Diálogo de las cosas acaecidas en Roma en el capítulo anterior, en el tercer canto del gallo. Un lector erasmista como Villalón supo ver muy bien el erasmismo común de las tres obras, e incluso tal vez pudo saber  que el Lazarillo era obra de Alfonso de Valdés.
    Y también es muy manifiesta la huella de lectura del texto en Pleasant and Delightfull Dialogues in Spanish and English  de John Minsheu, London, Bollifant, 1599. Su editor, Jesús Antonio Cid, apunta la posibilidad de que el autor fuera el heterodoxo español Antonio del Corro, que imprimió al final de sus Reglas gramaticales (1586) el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma de Alfonso de Valdés (Minsheu, 2002: 27-28).
    Los lectores del Lazarillo que he indicado dejan en sus obras huellas de lectura de un texto con el que se sienten afines ideológicamente.  Voy ahora a otro lector totalmente distinto: a Lope de Vega. Casi cien años después de la escritura del Lazarillo, imitará su estructura compositiva para novelar de forma distinta y competir así con Cervantes, y nos dará unos datos preciosos sobre su lectura de la obra.




2. LAS FORTUNAS DE DIANA Y LA LECTURA DE LOPE DEL LAZARILLO DE TORMES

    Lope de Vega publica en La Filomena (1621) una novela: Las fortunas de Diana. En seguida escribiría otras tres (La desdicha por la honra, La prudente venganza y Guzmán el bravo), que aparecen impresas tres años más tarde, en La Circe (1624).
    Parece plausible que Lope se pusiera a escribir novelas estimulado por su afán en competir con Cervantes, al que cita al comienzo de Las fortunas de Diana cuando habla del género: “y aunque en España también se intenta, por no dejar de intentarlo todo, también hay libros de novelas, de ellas traducidas de italianos y de ellas propias, en que no le faltó gracia y estilo a Miguel Cervantes”(Vega, 1968: 28). Pero él ofrecerá esos cuatro relatos como acto de obediencia a la señora Marcia Leonarda –o Marta de Nevares–, a quien se los dedica y con quien habla mientras se los va narrando.
    Como es costumbre de Lope transformar sus vivencias en literatura, siempre se ha analizado el marco novelesco de sus cuatro novelas a la sola luz de su relación con Marta de Nevares. Así dice Francisco Rico en el prólogo a su edición: “En algún momento anterior a mayo de 1621, a Marta de Nevares, aburrida, se le ocurrió pedirle a Lope que le escribiera una novela”(Vega, 1968: 8). No niego que pudiera existir este hecho, ya que es imposible demostrar tanto su verdad como su invención, pero es indudable que, además de una posible vivencia, en la creación de su primera novela hay un claro modelo literario: La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades. Y no me refiero, por supuesto, a su contenido, sino precisamente a ese rasgo que se ha señalado como lo más original de la invención novelesca de Lope: la presencia de un interlocutor en su relato, a quien se dirige como “vuestra merced”. Es cierto que una vez inventado el procedimiento en la primera de sus novelas, cuando, poco después,  vuelve a novelar, se aleja de su modelo y profundiza en su propia creación; de tal forma que es en Las fortunas de Diana en donde debemos detenernos para observar esa relación.
    Lope de Vega no esconde, por otra parte, su deuda literaria, sino que la exhibe. Utiliza el mismo procedimiento que siguió Cervantes frente a Avellaneda: le tomó la sabrosa olla podrida, pero la enriqueció con manjar de exquisita literatura, con uñas de vaca del Lazarillo (Navarro, 2005: 119-120). Lope hará algo parecido. En Las fortunas de Diana hay una clara huella de La señora Cornelia, pero el marco está tomado del Lazarillo.

    
         2. 1. “Vuestra merced” y Lope
[…]

        2. 2. El marco de Las fortunas de Diana
[…]


    Lope sigue el modelo de composición del Lazarillo en su primera novela; en las otras tres insiste en él, pero se separa ya al dar contenido a su relación con la destinataria, al hacerle participar en su relato, recordando, al conversar con ella, momentos vividos. A medida que “vuestra merced” va dejando de ser sólo la destinataria literaria y va dibujándose tras ella una real Marcia Leonarda, o Marta de Nevares, Lope va trazando su propio camino y abandonando la senda del Lazarillo. El relato de Lázaro le dio la idea para escribir una novela contándosela a “vuestra merced”, una dama, evidentemente; y Lope dio, gracias a ella, vida novelesca a Marta de Nevares.




        3. FINAL

[…]

    El breve pasaje que Alfonso de Valdés toma del Relox de príncipes y lo reelabora (“Justó muy ruinmente el señor don Fulano...”), curiosamente reaparece en otras dos obras, de autores contemporáneos  suyos: el Diálogo de las transformaciones de Pitágoras y El Escolástico. Compararlos permite confirmar que la fuente de Alfonso de Valdés es fray Antonio de Guevara cuando habla de los truhanes, y posiblemente  lo sea también la de los otros dos textos. Y al mismo tiempo subraya la condición de práctica común de tal procedimiento de recreación de textos en romance, en la misma forma que lo hacían con los greco-latinos.
    En el Diálogo de las transformaciones de Pitágoras, el gallo habla del trabajo que tienen los hombres en reinar y gobernar, y de los lisonjeros que rodean a los reyes:
    Pues ¡qué soberano trabajo es sufrir los adúlteros y lisonjeros, que por servirles le cantan, moviendo al buen rey con lores, que claramente ves que en sí mismo no los hay! Pues qué afrenta recibe cuando le canta en sus versos “hace escaramuzas notables” si nunca entró en batalla ni en pelea; y cuando le procura impurtunar trayendo a la memoria la genología de sus antecesores,  cuya gloria él, como buen rey, no se quiere preciar, sino de su propia virtud. (1994: 220).
    La lisonja lleva a cantar las hazañas que no hizo nunca el rey. El pasaje  queda más claramente unido al de Guevara si añadimos la versión que de él hace también Cristóbal de Villalón. Está hablando de la culpa que tienen los hombres en la infamia de las mujeres porque las lisonjean  y mienten, y lo compara a la conducta del truhán con el señor:

      ...loándolas de hermosas, dispuestas, graçiosas, bien habladas, elegantes y de mucha perfeçión, haziéndoles canciones a la hermosura de su cabello, a sus colores, a su discreçión y saber, y así como verdaderos truhanes que van tras los señores diciéndoles “¡Ah la gala del caballero liberal, gentilhombre gastador y de sangre de reyes”, aunque en ellos no haya alguna cosa destas; ellos, al sabor destas chocarrerías, les dan cuanto tienen. Así nosotros con músicas de noche, con motes, coplas y cançiones, y con rondarles la casa de día les persuadimos su hermosura y les damos ocasión a que su flaco juizio venga a creer que las sigamos porque ello sea así (Villalón, 1997: 266-267).

    Los escritores son lectores y toman de sus lecturas  estofa para sus obras. El momento en que viven les hace ser más sensibles a unos contenidos que a otros; la sombra de Francesillo de Zúñiga, el odiado bufón del Emperador, se proyecta sobre el texto de Guevara y sobre el de Alfonso de Valdés, ambos escritores de la corte de Carlos V. Y ese truhán o cualquier otro está también detrás de la elección de ese pasaje en los otros dos escritores. Las referencias textuales pueden decir, pues, mucho sobre el contexto histórico, sobre el tiempo de la escritura, y así lo hacen con el del Lazarillo.
    Esa creación a su vez será leída por escritores que las incorporarán a sus obras en la misma forma de cita asimilada, de guiño literario. Cuando son lectores muy cercanos pueden subrayar en ellos aspectos que tal vez nos hayan pasado desapercibidos.  Así lo hace Lope de Vega en su primera novela, Las fortunas de Diana, con la obra que le da la idea de la composición, con el Lazarillo. Lope se dio cuenta –como también lo hizo Quevedo– que la destinataria del relato de Lázaro de Tormes era una dama, y le dio el papel a Marcia Leonarda, la bella Marta de Nevares.
    Las lecturas de Alfonso de Valdés se unen a las que otros escritores hicieron de su Lazarillo de Tormes para situar el texto en su lugar y devolverle su sentido.


ROSA NAVARRO DURÁN