Poco a poco se van
iluminando momentos, pasajes, expresiones del texto al descubrir el
enlace con obras leídas por el escritor. Como estas
también afloran en sus dos Diálogos, sirven además
de prueba de su autoría y se acumulan junto a las razones
ideológicas, los datos históricos y léxicos
(Navarro, 2004).
La lectura de
dos obras sapienciales de origen oriental, Bocados de oro y Calila e
Dimna, se advierte en los dos primeros tratados de La vida de Lazarillo
de Tormes. Gracias a la primera, se aclara el sentido de una jerigonza
siempre mal leída e interpretada. Y con la segunda, vemos mucho
mejor al pobre Lázaro haciendo de ratón y siendo la
supuesta culebra o “culebro” para intentar burlar al mezquino
clérigo que lo mata de hambre. A ellas hay que añadir dos
obras esenciales del siglo XIV: el Libro de buen amor y El conde
Lucanor; el primero nos permitirá ver qué escena asoma
detrás de la nariz del ciego en la boca de Lázaro, y el
libro de don Juan Manuel nos dará luz sobre el curioso
tratamiento del mezquino clérigo a los ratones.
[…]
El primer amo
que tiene Lázaro es un ciego. Con él comienza su
aprendizaje vital, tiene que dejar a su madre e irse de Salamanca. La
primera lección “práctica” que recibe es indicio de la
crueldad del personaje. La burla que le hace éste al
niño, aprovechando su simpleza, su inocencia, y que culmina con
la calabazada en el toro de piedra, se cierra con su primera
advertencia: “Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de
saber más que el diablo”. Y Lázaro se da cuenta de que,
en efecto, le conviene “avivar el ojo y avisar”. Cuenta luego
cómo empiezan su camino y añade: “en muy pocos
días me mostró jerigonza”. Siempre se anota el
término siguiendo la definición de Covarrubias en su
Tesoro de la lengua castellana: “lenguaje que usan los ciegos con que
entenderse entre sí”; pero nunca dice palabra alguna
Lázaro en esa supuesta jerga ni tampoco la usa el ciego en las
palabras que reproduce el pregonero; además no le
serviría de gran cosa al mozo porque Lázaro no es ciego
ni convive más con ellos. El ciego no responde al tipo del
rufián que pudiera hablar en germanía; se gana la vida
aprovechándose de la religiosidad popular, rezando oraciones en
las que no cree; pero no comete delito alguno.
Bocados de oro
nos da la clave para ver que estamos dando un sentido erróneo al
vocablo. Es un libro sapiencial, traducción del que compuso en
árabe, en 1048-49, Abu l-Wafa al-Mubashshir ibn Fatik recogiendo
Máximas selectas y los dichos mejores, como reza su
título. La versión castellana se la supone escrita hacia
la mitad del siglo XIII; fue impresa por primera vez en Sevilla en
1495; luego en 1510 en Toledo (que es la edición que voy a
citar) y por último en Valladolid en 1527.
Sus
páginas siguen revelándonos secretos hoy, más de
quinientos años después de que naciera para la letra
impresa. En el capítulo XI, entre “los dichos y castigamientos
de Sócrates, el filósofo”, leemos: “El ánima es
girigonza que no ha prescio; e el que no la conosce sírvese
della en lo que le no conviene; e el que la conosce no se sirve della
sino en lo que le conviene” (Bocados, 1510: XVI). Evidentemente no
encaja con el texto el significado de jerga de ciegos o “el dialecto de
gitanos, ladrones y rufianes para no ser entendidos”, como dice el
Diccionario de Autoridades, ni el de galimatías
ininteligible o “todo aquello que está oscuro y
dificultoso de percebir o entender”, acudiendo a la misma fuente. Es
otro diccionario el que nos llevará a la lectura correcta, el
Diccionario crítico etimológico castellano e
hispánico de Joan Corominas y José Antonio Pascual; en
él se nos señala la coincidencia de la palabra que
significa “lenguaje incomprensible” o “lenguaje de malhechores” con el
nombre de una piedra preciosa, jacinto o jargonça, que ya
aparece en el Lapidario de Alfonso el Sabio, en 1250. Don Juan Manuel
la menciona en el Libro del caballero y del escudero: “las [piedras]
preciosas son así como carbúnculos et rubís
et diamantes et esmeraldas [...] et girgonzas et estopazas et
aliofares...” (Don Juan Manuel, 1981: 105); y Enrique de Villena en el
Arte cisoria: “...guarnidas sus manos de sortijas que tengan piedras o
engastaduras valientes contra ponçoña e ayre infecto,
así como rubí e diamante e girgonça e
esmeralda...” (Villena, 1879: 18). En el Calila e Dimna, también
aparecen las “girgonças” en un contexto de enseñanza
moral: “Ca es contado por nesçio quien pone en su cabeça
el ornamiento de sus pies [et en los pies el de] la cabeça, et
quien dagastona las girgonças en el plomo”, y en seguida: “Et
las girgonças non afruentan al que las lleva, et puédelas
vender por grant aver” (Calila, 1984: 132-133).
Esa piedra
preciosa, la girigonza de Bocados de oro no tiene precio para
nosotros porque no sólo nos permite entender la imagen del alma
como jerigonza, sino leer bien el pasaje del Lazarillo. […]
Volvamos ahora a lo que dice
Lázaro: “y en muy pocos días me mostró jerigonza;
y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decía:
–Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te
mostraré” (Valdés, 2004: 8). No dice que le
“avezó” o “vezó” jerigonza, sino que le mostró,
verbo que usa también con la palabra equivalente:
“avisos”. Lo que le muestra el ciego a Lázaro es un tesoro, una
piedra preciosa, “jerigonza”, en sentido figurado: le da avisos,
consejos para vivir; y la cita bíblica que dice el ciego se
amolda perfectamente a ello: “No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso
te doy” (Hechos de los apóstoles, 3, 6). De tal manera que
concluye, y con ello cierra el pasaje: “Y fue ansí, que,
después de Dios, este me dio la vida y, siendo ciego, me
alumbró y adestró en la carrera de vivir”. El ciego, al
modo del Salmo 32 (Vulgata 31), 8 –“Yo te enseñaré y te
instruiré en el camino que debes seguir; / seré tu
consejero y estarán mis ojos sobre ti”–, a pesar de carecer de
vista, ilumina el camino existencial de Lázaro. No le
enseña la supuesta jerga de ciegos, sino que le muestra un
auténtico tesoro: le da consejos para vivir, al ver que el
niño es “de buen ingenio”. El pasaje tiene una palabra –una
pieza– que se lee erróneamente, que desconcierta el conjunto
perfectamente trabado. Otro libro da luz y permite ver el error; el
brillo de esa jerigonza, de esa piedra preciosa, devuelve el sentido a
esas palabras de Lázaro.
Alfonso de
Valdés, el autor del Lazarillo de Tormes, leyó los
Bocados de oro, y la huella de su minuciosa lectura puede verse
claramente en el texto de la declaración de Lázaro, pero
también en su Diálogo de Mercurio y Carón, como
indicaré. En su primera obra, el Diálogo de las cosas
acaecidas en Roma, Lactancio afirma que “no se paga mucho ni se
contenta Dios con oro ni plata, ni tiene necesidad de cosas semejantes,
pues es Señor de todo. No quiere sino corazones”; y poco
después insiste y le sigue diciendo al arcediano del Viso a
propósito del saco de Roma: “Pues mirad, señor: ha
permitido agora Dios que roben sus iglesias por mostrarnos que no tiene
en nada todo lo que se puede robar ni todo lo que se puede corromper,
para que de aquí adelante le hagamos templos vivos primero que
muertos, y le ofrezcamos corazones y voluntades primero que oro y
plata”(Valdés, 1992: 182).
Esos corazones y voluntades son la
auténtica jerigonza; la guardan celosamente también
los libros, son sus secretos..
[…]
Abramos las
páginas de otra obra sapiencial, maravillosa: Calila e Dimna. En
ella encontramos dos ejemplos que nos llevan sin lugar a dudas al texto
del Lazarillo : la autobiografía del ratón y el can que
mató al culebro. […] La autobiografía de Berzebuey el
menge comienza con fórmula que nos lleva a la de Lázaro y
que nos permite reconocer la ruptura que su contenido supone. Alfonso
de Valdés, con su arte magnífico, sabe mezclar ese motivo
literario a otros (el parto súbito, el nombre que toma el
niño del río donde nace, que están en las
biografías de Homero y Virgilio de las glosas de Hernán
Núñez a las Trescientas de Juan de Mena: Navarro, 2004:
217-223) y además los hace desaparecer como tales; no se nota su
presencia en el terso tejido de su incomparable prosa:
Mio
padre fue de Merçeçilia et mi madre fue de las fijasdalgo
de Azemosuna et de los legistas. Et una de las cosas en que Dios me
fizo merçed es que fue yo el mejor de sus fijos; et ellos
criáronme lo mejor que pudieron, governándome de las
mejores viandas que pudieron, fasta que ove nueve años
conplidos. Et desí pusiéronme con los maestros, et yo non
çeçé de continuar en aprender la gramática
et de meter la mi cara a sotileza et a buen entendimiento, atanto que
vençí a mis conpañeros et a mis iguales, et
valí más que ellos. Et leí libros... (Calila,
1984: 103).
Si leemos ahora
“Pues Sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman
Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de
Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. [...]
Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre
ciertas sangrías mal hechas en los costales...”, nos damos
cuenta de la novedad de la autobiografía del pregonero, de su
humilde origen –su padre es molinero–, de cómo no va a la
escuela y, por tanto, no sabe escribir; de cómo el primer hecho
destacable de su vida es la prisión de su padre por
ladrón.
La
autobiografía del mur comienza de otra forma:
Do
yo nasçí fue en casa de un religioso que non avía
muger nin fijos. E traíanle cada día un canastillo de
comeres, et comía dello una vez et dexava lo que fincava et
colgávalo de una soga en un canastillo. Et yo
açechávalo fasta que salía; desí
veníame para el canastillo et non dexava hí cosa de que
non comiese et que non echase a los otros mures. Et punó el
religioso muchas vezes de lo colgar en lugar que lo yo non pudiese
alcançar, et non podía (Calila, 1984: 210).
Pero no es
difícil fundir la figura del mur con la de Lázaro en casa
del mezquino clérigo. Este nunca deja nada; la suya no tiene
como en otras casas “en el armario algún canastillo con algunos
pedazos de pan que de la mesa sobran” (Calila, 1984: 91). Como cuenta
Lázaro, “solamente había una horca de cebollas, y tras la
llave, en una cámara en lo alto de la casa” (Valdés,
2004: 17). La cebolla está tan inaccesible para él como
los “comeres” para el ratón; pero tiene como ración una
cada cuatro días.
[…]
Una de las
fábulas –o ejemplos– que recoge el arcipreste de Hita es la del
lobo y la grulla. Al comer el lobo una cabra, se le atraviesa en la
garganta un hueso; ahogándose, promete “tesoros e riqueza” a
quien se lo saque; y una grulla “sacole con el pico el hueso con
sotileza”; pero cuando pide el premio prometido, le contesta el lobo:
“¡Cómo! ¿Yo non te pudiera tajar / el cuello con
mis dientes si quisiera apertar?”(Ruiz, 1992: 68, 70). El pasaje en el
Ysopet con sus fábulas hystoriadas se formula muy de otra forma:
“¿Non sabes que tenías tu cabeça dentro en la mi
boca de manera que te pudiera degollar si quisiera?”.
Si ahora superponemos la escena
del ciego oliendo la boca abierta de Lázaro en busca de la
longaniza perdida y leemos la reflexión del muchacho sobre la
oportunidad que dejó escapar, vemos el guiño literario:
“fue no dejarle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello, que
la meitad del camino estaba andado; que, con solo apretar los dientes,
se me quedaran en casa”(Valdés, 2004: 14-15).
El trote del fraile de la Merced,
su continuo andar y su romper zapatos, de indudable contenido sexual,
lo podemos intensificar si recordamos la actividad de las
trotaconventos: “E busca mensajera de unas negras pecas, / que usan
mucho fraires [e] monjas e beatas; / son mucho andariegas e
meresçen las çapatas; / estas trotaconventos fazen muchas
baratas”(Ruiz, 1992: 117-118).
El Libro de
buen amor se cierra precisamente con la cantiga de los
clérigos de Talavera, donde se recoge la protesta contra el
decreto de excomunión de los clérigos amancebados y
el desespero de toda la clerecía; y con dos cantares de
ciegos: asuntos ambos esenciales en el Lazarillo .
La obra del
arcipreste de Hita no se imprimió hasta el siglo XVIII, en 1790
Tomás Antonio Sánchez publica por primera vez el texto;
pero circuló en manuscritos, de los que sólo nos han
llegado tres. Álvar Gómez de Castro, el humanista
toledano biógrafo de Cisneros, anotaba pasajes de sus
lecturas, como atestiguan los manuscritos conservados; y entre ellos,
copió algunos versos del Libro de buen amor que no están
en los textos conservados (Sánchez Cantón, 1918); era
amigo de erasmistas como Juan de Vergara (no es extraño,
por tanto, que el secretario del Emperador leyera también la
obra). Gómez de Castro transcribe una cuaderna vía con la
reacción de doña Endrina a las palabras de la vieja
alcahueta: “Cada que vuestro nombre yo le estó deziendo, /
otéame e sospira e está comediendo, / aviva más el
ojo e está toda bulliendo: / paresçe que convusco non se
estaria dormiendo” (Ruiz, 1992: 198). El “aviva más el
ojo”del pasaje que interesó al humanista nos lleva a las
primeras palabras que Lázaro se dice a sí mismo, tras la
calabazada con el toro de piedra:“Verdad dice este, que me cumple
avivar el ojo y avisar” (Valdés, 1999: 8); es cierto que
podría pensarse en un uso común, pero el verbo avivar
suele aplicarse a otros términos.
También
utiliza la palabra girgonza el arcipreste de Hita, al hablar “De las
propiedades que las dueñas chicas an”: “En pequeña
girgonça yaze grand resplandor”(Ruiz, 1992: 417). Pero, como
dije, dónde cobra su mayor resplandor para poder iluminar la
jerigonza del Lazarillo es en Bocados de oro. Alfonso de Valdés
leyó el Libro de buen amor, donde pudo ver cómo “en feo
libro está saber non feo”, y en su “nonada” puso toda la fuerza
irónica de su lectura erasmista del comportamiento de unos
eclesiásticos y un fatuo cortesano.
[…]
Lázaro,
para poder comer algo de ese paraíso panal que su mezquino amo,
el clérigo, guarda en el arcaz, desmigaja un poco tres o cuatro
bodigos como si fueran ratones los que lo hubieran hecho; y así
lo cree el avaro. Tapa éste todos los agujeros de la vieja arca
con tablillas y clavos; y acabada su labor, dice a los imaginarios
ratones: “–Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar
propósito, que en esta casa mala medra
tenéis”(Valdés, 2004: 22). Le aplica el tratamiento a los
ratones, hecho de indiscutible comicidad. La idea la toma Alfonso de
Valdés de la obra más popular de don Juan Manuel, El
conde Lucanor, de uno de sus ejemplos más famosos: “De lo que
contesció a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte
et muy brava”, el XXXV.
En la farsa que
el mancebo interpreta para atemorizar a su brava mujer, le pide al
perro que les dé agua a las manos, y como no lo hace, lo
despedaza. “Sañudo et todo ensangrentado”, verá un gato y
le pedirá lo mismo amenazándole,
dirigiéndose a él con un “¡Cómo, don falso
traidor!”. El final será el mismo porque, como dice el escritor,
“ca tampoco es su costumbre de dar agua a manos”. La tercera
víctima será el caballo y se dirige a él
personificándolo también, como si pudiese entenderle y
obedecer su orden: “–¡Cómo, don caballo!”(Don Juan Manuel,
1983: 285-289). De estos tratamientos tomó Alfonso de
Valdés su “donos traidores ratones”, de un efecto cómico
tan eficaz porque va dirigido a unos ratones inexistentes. Pero su
comicidad es aun superior si relacionamos la escena con la del Conde
Lucanor. Ese guiño literario enriquece indudablemente la obra
para el lector, que goza al reconocerlo, y se vincula además a
otro, al que aparece en La Celestina cuando Pármeno dice:
“¿Rehincháis, don caballo?”(Rojas, 2000: 91).
Hay
también un pasaje recreado en el Diálogo de Mercurio y
Carón del ejemplo XXXI, “Del juicio que dio un cardenal entre
los clérigos de París et los fraires menores”
(Valdés, 1999: 262-264). La disputa entre clérigos y
frailes sobre quién debía tocar las horas primero
ocasiona un largo proceso; el cardenal pidió todos los escritos
y llamó a los pleiteantes para que oyeran su sentencia; “et
cuando fueron ante él, fizo quemar todos los procesos” del
pleito y les dijo que quien antes se despertara que tañera. Esa
quema de los procesos entre clérigos es el humo que ven Mercurio
y san Pedro cuando observan desde lo alto el saco de Roma; así
lo cuenta el dios al barquero Carón: “En estas y otras cosas
estábamos hablando cuando vimos subir un grandísimo
humo, y preguntando yo al buen san Pedro qué podría ser
aquello, en ninguna manera me lo podía decir de risa. A la fin
me dijo: “Aquel humo sale de los procesos de los pleitos que los
sacerdotes unos con otros traían por poseer cada uno lo que
apenas y con mucha dificultad rogándoles con ello habían
de querer aceptar” (Valdés, 1999: 134). En su Diálogo de
las cosas acaecidas, se limitaba a dar el dato de cómo los
registros y los procesos “quedan destruidos y quemados”; en la
descripción de Mercurio, le añade el guiño
literario al ejemplo de don Juan Manuel.
El
prólogo del Conde Lucanor tiene elementos que Alfonso de
Valdés recrea en los tres que pone a sus obras: las diferencias
entre las voluntades e intenciones de los hombres, que se menciona en
el del Lazarillo como diferencia de gustos; la mezcla de ejemplos
a las enseñanzas al modo de los médicos, que
añaden azúcar o miel para que se tomen las medicinas,
pasa al Diálogo de Mercurio y Carón en forma del desfile
de las ánimas que con “sus gracias” interrumpen la historia, que
es “materia en sí desabrida” (Valdés, 1999: 73). En el
Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, Alfonso de Valdés
dice que “si alguna falta en este Diálogo hallaren,
interpretándolo a la mejor parte, echen la culpa a mi ignorancia
y no presuman de creer que en ella intervenga malicia”(Valdés,
1992: 80); que es otra forma de decir “Et lo que y fallaren que non es
tan bien dicho, non pongan la culpa a la mi entención, mas
pónganla a la mengua del mio entendimiento”, como afirma don
Juan Manuel (1983: 289). De la misma forma que el “pues podría
ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no
ahondaren tanto los deleite”, del prólogo del Lazarillo es una
espléndida síntesis de las dos formas de leer que indica
don Juan Manuel en el del Conde Lucanor: “los que lo leyeren si por su
voluntad tomaren placer de las cosas provechosas que y fallaren,
será bien; et aun los que lo tan bien non entendieren, non
podrán excusar que, en leyendo el libro, por las palabras
falagueras et apuestas que en él fallaran, que non hayan a leer
las cosas aprovechosas que son y mezcladas”.
El conde
Lucanor no se imprimió hasta 1575, en edición de Argote
de Molina, pero circuló manuscrito: nos han llegado cinco
códices distintos a los tres que utilizó este
editor, perdidos, y a otro que figuraba en la biblioteca del Escorial.
Tenemos además noticia de la existencia de otros manuscritos, e
incluso sabemos que había uno en la biblioteca de la reina
Isabel; es, por tanto, completamente plausible que el secretario del
Emperador leyera la obra, como lo prueban sus escritos.