La investigación en el campo de la literatura es posible porque el material con el que se trabaja no es palabra sagrada, inmutable. La historia de la literatura contiene una serie de aseveraciones revisables; sobre todo, en aspectos de perfiles difusos, en datos imprecisos o en lugares en que se carece de ellos. Aunque parezca tal afirmación una perogrullada, no lo es. Sólo la aparición de un documento nuevo parece tener fuerza para abrir brechas en ese corpus de ciencia inamovible, y, en cambio, los propios textos contienen datos que a veces pueden desmentir los que contiene la historiografía, que los clasifica, ordena y dicta su sentido.
                                   
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     Alfonso de Valdés era un voraz lector y tenía a su disposición la biblioteca de Carlos V. Se nos conserva un testimonio de cómo había libros italianos en la suya: Vicente Navarra le escribe desde Barcelona, el 25 de octubre de 1528, y le dice: Ornabit noster Maius afatim tuam bibliotecam italicis libris (Caballero, 1995: 395). Su Lazarillo de Tormes muestra la huella del Decamerón de Boccaccio y del Novellino de Masuccio; su Diálogo de Mercurio y Carón, la de Pontano. Es un procedimiento que él además indica en el prólogo de este diálogo, donde justifica que no ponga su nombre en la obra y dice “si la invención y doctrina es buena, dense las gracias a Luciano, Pontano y Erasmo, cuyas obras en esto habemos imitado”(Valdés, 1999: 74). Los hechos históricos mencionados en el Lazarillo de Tormes sitúan la obra en un momento de escritura preciso; la ideología  que hay en ella señalan claramente a un escritor erasmista; las coincidencias léxicas confirman que ese espléndido y culto escritor erasmista de finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo XVI es el único que responde a tales rasgos: Alfonso de Valdés, el fiel secretario del Emperador. Sus lecturas son las pruebas literarias que avalan con toda autoridad su autoría.

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    El texto del Caballero Cifar nos ha llegado en dos testimonios manuscritos y en la edición de Sevilla impresa en 1512 por Jacobo Cromberger (Lucía, 1996: 97). El maravilloso códice miniado que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia fue propiedad de Margarita de Austria (luego pasaría a María de Hungría), y, por tanto, pudo muy bien leerlo el secretario del Emperador, Alfonso de Valdés; y es indudable que también pudo haceerlo en la edición sevillana.
    La presencia de Roboán en el reino de una emperatriz de nombre simbólico, Nobleza, dejó una clara huella en la declaración de Lázaro. Un emperador que nunca se ríe lleva al joven caballero a la orilla del mar, a “una çerca alta que avía mandado fazer”; llegan a la puerta de aquel lugar “e metió la mano el enperador a su bolsa e sacó de allí una llave e abrió la puerta e entraron dentro e çerraron la puerta en pos de sí (Zifar, 1982: 383). Ven un batel sin remos, y el emperador le mandará a Roboán que suba en él. Lo llevará al reino de Nobleza, con quien se casará y vivirá doce meses menos tres días de felicidad absoluta. Perderá ese paraíso por caer tres veces en la tentación que le ofrece el demonio en forma de hermosa dama: le animará a que pida sucesivamente a la emperatriz el alano, el azor y el caballo que ella guarda “en una camareta, dentro en la cámara do ella durmíe”. La palabra camareta nos lleva a la casa del escudero, porque Lázaro dice que su amo “entró en una camareta que allí estaba y sacó un jarro desbocado”, pero no basta como enlace entre las dos obras ya que es también  término de otra lectura de Alfonso de Valdés, el Arcipreste de Talavera (Navarro, 2003: 108-109).
    La emperatriz, al acceder a su primera petición, le dice a Roboán: “Tomad esta llavezilla, e en la mañana abridla”. Después de que haya conseguido el emperador el blanquísimo alano, de nombre “Placer”, la bella dama demoníaca le animará a que pida a Nobleza el azor que tiene en la camareta. La emperatriz hace lo mismo al acceder a la segunda petición: “E ella sacó una llavezilla de su limosnera e diógela e dixo que en la mañana abriese la camareta e que lo tomase”. Queda una tercera tentación: la del caballo más blanco que la nieve, “el más corredor del mundo”. Pero esta vez no se atreve a pedírselo a la emperatriz, y dice el narrador: “e el enperador non podía dormir e estávase rebolviendo mucho a menudo en la cama, non se atreviendo a la despertar e demandar el cavallo”. Ella se da cuenta, le pregunta qué le pasa y lo tranquiliza, pero él no se atreve aún a confesarle el deseo que le inquieta. Se dormirá, “e diole Dios tan buen sueño, que se durmió bien fasta ora de terçia. E la enperatris non osava rebolverse en la cama con miedo que despertase”(Zifar, 1982: 390-399).

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    De esta forma, el Libro del caballero Cifar es otra de las obras que, asomando en lugares del Lazarillo y de uno de los Diálogos de Alfonso de Valdés, puede verse en la “biblioteca” del gran escritor. La segunda lectura de Alfonso de Valdés en la que me detengo es un libro que se publica un año antes que el Cifar, en 1511, y que tampoco se reimprime. A veces las fechas de impresión de las obras pueden ser también significativas porque contribuyen a situar en el tiempo a ese lector que transparentan las páginas de sus creaciones.

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    La espléndida obra de Joanot Martorell, Tirant lo Blanch, aparece impresa en Valencia en 1490, y el editor de la segunda edición (Barcelona, 1497), Diego de Gumiel, la manda traducir y la imprime sin nombre de autor en Valladolid en 1511. Nos han llegado sólo dos ejemplares de esta única edición (Riquer, 1975), los dos incompletos,  aunque no les faltan los mismos folios (Mérida, 2002). Juan de Valdés, apasionado lector de libros de caballerías, como él dice (“en las cuales tomaba tanto sabor que me comía las manos tras ellas”, Valdés, 1982: 248), curiosamente no la cita; su hermano Alfonso la había leído muy bien. Tal vez ese silencio sobre la obra y su aparente poco éxito  en castellano tenga una razón política: la coincidencia de un episodio esencial de la obra con otro que tuvo que conmocionar a la corte.

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    Esa “nonada”, como le llama el escritor al presentársela a los lectores, tiene huellas muy claras de la lectura que hizo el escritor conquense de ese apasionante libro de caballerías. La misma palabra “nonada” aparece repetida en el Tirante: “y tornarse ya en nonada”(I, 1974: 106); “¡cuánta fatiga me dan por no nada”(II, 1974: 209); “las locas de las donzellas que de nonadas temen” (III, 1974: 191); “que por mucho que le diga es tanto como nonada”(III, 1974: 282). Y otros términos –indudablemente no exclusivos de las dos obras  y que pueden indicar uso lingüístico del momento–, desde “caras rescañadas” (III, 1974: 254), que nos lleva al “rascuñado el pescuezo”del Lazarillo (Valdés, 2004: 14); a “mozo de ciego” (Tirante, II, 1974: 396), “por qué escalones es subido” en la victoria (Tirante, III, 1974: 265) ,“espíritu de profecía” (Tirante, IV, 1974: 183) , “contramina” (IV, 1974: 131) , “comer con gran triunfo” (V, 1974: 135) , “el triste de vuestro marido” (III, 1974: 254), “querría estar X estados debaxo de tierra” (III, 1974: 238), u objetos o elementos del relato: las andas con las que llevan a un caballero muerto (I,  1974:199), asar un pedazo de carnero (I, 1974: 71) y tomar “cabezas de carnero”(III, 1974: 240), caerse Tirante con la escala, rozando la pared, al querer ser el primero en el asedio a una ciudad turca para ganar fama ante el Emperador y Carmesina (II, 1974: 380) ; ofrecer duraznos (IV, 1974: 60), poner dinero en los cambios (I, 1974: 107), la presencia de “un negrito” (III, 1974: 363), entrar en una viña y saciar el hambre comiendo racimos, hecho central  en una parábola que cuenta Hipólito a la Emperatriz  y que conquista a su doncella Eliseo (III, 1974: 263); y vivido por el propio Tirante, náufrago en tierra africana (III, 1974: 367), etc. Pero voy aquí sólo a centrarme en algunos motivos literarios.
    En el tratado segundo, donde cuenta Lázaro su miserable vida con el mezquino clérigo, el arcaz con los bodigos que le dan los fieles al avaro amo se convierte en el centro de la vida y del pensamiento del pobre mozo. En el libro tercero del Tirante se destaca también el papel de “una arca grande con un agujero”, que está en el retrete –cuarto pequeño– de la cámara de la princesa Carmesina, porque en él Placer de mi Vida va a esconder a Tirante; el agujero le permitirá respirar, “resollar” (III, 1974: 180). Los del arcaz le permiten a Lázaro hacer de ratón.
    El episodio acabará con el caballero en la cama de la princesa; y ella, al darse cuenta, grita; Placer de mi Vida “le atapava la boca con sus manos”. Cuando ya se iniciaba “la aplazible batalla”, la Viuda Reposada se imagina lo que pasa y da gritos para despertar a todo el mundo. Placer de mi Vida llevará al retrete a Tirante para que, desde allí, salte desde un terrado al suelo con una  cuerda (será corta, y al saltar se romperá una pierna).

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    Baste sólo como cierre señalar el uso que en el libro de caballerías hay de expresiones bíblicas aplicadas a episodios de muy distinto signo de la vida de los personajes, con cierta o mucha irreverencia . Placer de mi Vida le dice a Tirante cuando le anuncia la boda que le ha preparado: “Presta es, señor Tirante, la tu sirvienta; sea hecho de mí según tu voluntad”(1974, IV: 242), que recoge las palabras de la Virgen al ángel san Gabriel (Lucas, 1, 38). Junto a ello, el “padecer persecución por justicia” que Lázaro dice de su padre, y que Alfonso de Valdés leyó en La Celestina (Navarro Durán, 2004: 77-78) es un juego mucho más inocente. La misma ingeniosa doncella le habla en una ocasión a Carmesina, para incitarla a que se entregue a Tirante, como si fuera Dios quien le hablara en el juicio final pidiéndole la cuenta de su vida: “Por mí fue mandado que fuese hecho hombre a ymajen y semejança mía, y de la costilla del hombre fuesse hecha compañía al hombre. E más dixe: creced y multiplicad el mundo...”(1974, III: 235). Se imagina además cómo Carmesina le pedirá perdón a Dios y lo que le hará decir el ángel custodio: es una especie de representación religiosa interpretada por una única actriz: esa tracista sin par que es la deliciosa e inteligente Placer de mi Vida.
     Tirante tendrá la visión del paraíso viendo los pechos de Carmesina. Mientras el Emperador habla y el caballero le escucha,

    “....los ojos, por otra parte, contemplavan en la gran belleza y hermosura de Carmesina. La qual, por el gran calor que hazía y porque avían estado con las ventanas cerradas, estava medio desabrochada, que se mostravan en sus pechos dos mançanas de paraíso que parecían cristalinas, las quales dieron entrada a los ojos de Tirante, que de allí adelante no hallaron la puerta por donde avían de salir, e para siempre quedaron en prissión y en poder de persona libre hasta que la muerte de entrambos los apartó” (Tirante, II, 1974: 119).

    El paraíso para Lázaro, donde ve la cara de Dios, es otro: son los bodigos del arcaz del mezquino clérigo; bien es cierto que es un “paraíso panal” . Cuando ya no puede comerlo por miedo a que descubra la falta el clérigo, que ha contado los panes, lo que hace Lázaro es “abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios”(Valdés, 2004: 21). No son las manzanas de la tentación, sino la contemplación del propio Dios en el pan ofrecido por los fieles al cura. El señor de Pantanalea ya había asociado la contemplación de Dios al ver la belleza  de la propia Carmesina:

    “Claramente, señora, se muestra por esperiencia manifiesta que natura no podía obrar más altamente que ha hecho en la gran singularidad de la hermosura que vuestra majestad possee, que por aquella vengo agora en noticia quánta es la gloria que los bienaventurados santos sienten en paraíso en contemplar la divina Essencia, según es escrito en la Santa Escriptura, que dize el psalmista endereçando su razón a Jesús, nuestro Salvador: “Señor, aquel que está delante de tus ojos, mill años son assí como el día de ayer que es pasado”(Tirante, II, 1974: 342).

    La presencia del Tirante en las tres obras de Alfonso de Valdés se manifiesta casi siempre en mínimos detalles, pero son imborrables. Quedan otros todavía por subrayar, pero estos ya muestran la lectura minuciosa  que hizo el secretario del Emperador: basta su lectura y la de Cervantes para que este maravilloso y original libro de caballerías sea el que más huella haya dejado en la mejor literatura española de la Edad de Oro. Ellos lo leyeron como un libro escrito en castellano y anónimo; no lo era: lo había escrito en catalán Joanot Martorell. Tampoco La vida de Lazarillo de Tormes es una obra anónima, sino del espléndido lector y escritor que fue Alfonso de Valdés.