Dos diálogos
escritos por erasmistas, admiradores de Luciano, presentan claras huellas
de la lectura de la obra de Alfonso de Valdés: el Diálogo
de las transformaciones de Pitágoras y El crótalon.
Ambos nos han llegado sólo en copias manuscritas, el primero sin nombre
de autor; y el segundo, con el de “Cristóforo Gnofoso”, un seudónimo.
A pesar de que se les ha querido vincular atribuyéndoles a un mismo
escritor porque el primero está muy presente en la concepción
del segundo, tanto el estilo como la lengua deshacen esa hipótesis.
Lo que sí es evidente es que el autor del Crótalon había
leído el Diálogo de las transformaciones, se había
inspirado en su construcción y en alguno de sus pasajes.
Una tercera obra, El
escolástico, entra en liza y tiene, a diferencia de ellos, un
dato esencial: el nombre de su autor, Cristóbal de Villalón.
Lo hace porque tiene elementos comunes con el Diálogo de las transformaciones
y con El crótalon. Por otra parte, es bien sabido que el esquema
narrativo del Crótalon es el mismo que el del Diálogo de
las transformaciones: la metamorfosis del gallo, al modo lucianesco,
que narra al zapatero Micilo. También coincide con él en otra
práctica: la fiel imitación de pasajes enteros del Diálogo
de las cosas acaecidas en Roma de Alfonso de Valdés .
1. DOS CAPÍTULOS DEL CRÓTALON
Y LAS TRES OBRAS DE ALFONSO DE VALDÉS
El texto del Crótalon
ofrece al lector en dos de sus capítulos pruebas evidentes de que
su autor había leído no sólo los dos Diálogos
de Alfonso de Valdés, sino también La vida de Lazarillo
de Tormes, y además junta esas lecturas. En el tercero y cuarto
cantos del gallo (todos ellos precedidos de su “argumento”), va a hablar
de los religiosos.
[...]
1. 1. El tercer
canto del gallo y el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma
[...]
1. 2. El cuarto canto del
gallo, vínculo entre el Diálogo de Mercurio y Carón
y El Lazarillo de Tormes
[...]
2. EL CRÓTALON, ENLACE ENTRE LAS TRES
OBRAS DE ALFONSO DE VALDÉS
No se sabe cuándo se
escribe el Crótalon. La referencia a la segunda parte anónima
del Lazarillo, publicado en 1555, no sirve como fecha post quem porque
está sólo en uno de los dos manuscritos que nos han transmitido
la obra –con la versión ampliada– y pudo, por tanto, ser una adición
posterior. En el octavo canto del gallo, cuando está narrando su vida
como rana, describe el combate de las ranas con los ratones y cómo
los barbos ayudan a las ranas. Al hablar de la presencia de “una buena compañía
de cinco mil barbos todos escogidos y muy pláticos en la guerra”,
en el ms. 18.345 se añade “que se hallaron en las batallas que hubieron
los atunes en tiempo de Lázaro de Tormes con los otros pescados” (Villalón,
1990: 236). Pudo el propio escritor, como parece, retocar y aumentar su obra
; esa versión segunda sí podría ser posterior a 1555.
Marcel Bataillon fecha el texto
en 1553 basándose en los episodios históricos narrados en el
canto sexto; y, en efecto, 1552 es la última fecha mencionada y referida
a un hecho histórico preciso (el duque Mauricio de Sajonia estuvo
a punto de coger al Emperador en Innsbruck). El futuro que luego anuncia
es deseo –casi en forma de profecía– y no crónica de hechos
sucedidos. No parece saber de la existencia de la paz de Augsburgo en 1555
con la que el Emperador acepta el protestantismo ya que habla de la “condenación
de sus perversos errores” y del “justo castigo”; ni tampoco que en 1556 abdicara
en favor de su hijo. Así lo argumenta el gran erudito (1966:663):
Es claro que, si el autor hubiera
escrito entre 1556 y 1558, no habría pasado en silencio la paz de
Augsburgo ni las abdicaciones sucesivas con que tan dramáticamente
concluye el reinado de Carlos V. Hasta se puede admitir que, si hubiera escrito
después de 1553, habría mencionado expresamente la muerte de
Mauricio de Sajonia. Así, pues, la redacción del Crótalon
puede fecharse con bastante exactitud en 1552-1553.
Pero, aunque la fecha de la versión definitiva fuese posterior a 1555,
su lectura del Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, del
Diálogo de Mercurio y Carón y de La vida de Lazarillo
de Tormes es un testimonio esencial para la interpretación de
esta última obra. Su lectura anterior –la huella del Lazarillo
está en el texto de los dos manuscritos– fecha la existencia del texto
antes de 1552.
En ese comienzo de los años
cincuenta, un erasmista toma como fuentes de dos capítulos contiguos,
el tercero y el cuarto, las tres obras de Alfonso de Valdés. Mientras
en el capítulo tercero se apoya en el Lactancio (y toma textualmente
varios fragmentos de la obra), en el cuarto funde en su prosa, en su relato,
pasajes tomados del Mercurio y Carón y del Lazarillo.
Es evidente que los ve como textos que comparten la misma ideología;
e incluso podría llegar a sospecharse que sabía de la común
autoría de Alfonso de Valdés ya que los imbrica de tal forma.
No sería extraño ya que manejó la rara edición
italiana (sin lugar ni fecha ni impresor) de los dos Diálogos
del escritor conquense. Precisamente quien podía saberlo era un erasmista
como lo era el autor de este diálogo entre Micilo y el gallo.
El crótalon se
convierte, por tanto, en un claro testimonio de la lectura erasmista de La
vida de Lazarillo de Tormes en ese comienzo de los años cincuenta.
Al anónimo continuador del Lazarillo, un mediocre escritor,
le interesó más la práctica cortesana que no el ataque
a los eclesiásticos viciosos y corruptos, que relega a un segundo
plano (aparece sólo al comienzo y al final de su relato). A “Cristóforo
Gnofoso” –Cristóbal de Villalón– no le cabía duda alguna
de que el Lazarillo contenía el mismo mensaje que los dos Diálogos
de Alfonso de Valdés y mezcló sus aguas en esos dos cantos
del gallo.