La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades
está erróneamente situada en la Historia de la Literatura española:
no fue escrita poco antes de 1554, la fecha de impresión de las cuatro
ediciones que nos han llegado; sino entre 1530 y comienzos de 1532. Es ésta
una afirmación que tal vez suene a herética, pues se tiende
a leer la summa historiográfica de nuestra literatura como libro sagrado,
inmutable. Se tomará, por ese motivo también, como una desviación
de la verdad establecida –aunque el sentido común lo avale– admitir
que el prólogo de la obra, tal como se edita siempre, tiene un párrafo
de más, el último, que pertenece ya al relato en sí.
¡Y no digamos nada si añadimos que el destinatario de la declaración
de Lázaro es una dama porque así lo indica el texto! Posiblemente,
para empezar sea demasiado difícil de asimilar todo esto. Y más
si añadimos, en esta antesala, que el Lazarillo no es anónimo,
sino que lo escribió Alfonso de Valdés, el mejor prosista de
la primera mitad del siglo XVI. Vamos por ello a tomar el caso del Lazarillo por el principio, presentando primero los problemas y después, ordenadamente, las soluciones.
[...]
Este yo de Lázaro no tiene, pues, nada que ver
con el “yo” del prologuista, que se refiere al libro, a esa obra suya, que
ofrece a los lectores: “Yo por bien tengo que cosas tan señaladas,
y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y
no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno
que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los
deleite” . Añade una cita de Plinio que dice “que no hay libro que,
por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena”; y concluye refiriéndose
de nuevo al libro que presenta a los lectores: “de esta nonada que en este
grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen
con ello todos los que en ella algún gusto hallaren, y vean que vive
un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades”. Es en el placer
de los lectores en lo que está pensando: “algo que le agrade […] los
deleite […] se huelguen con ello”; y ofrece la obra como una unidad acabada.
Cualquier persona, al leer las últimas palabras
de ese párrafo (“fortunas, peligros y adversidades”) se da cuenta
de que remiten al título de la obra: La vida de Lazarillo de Tormes,
y de sus fortunas y adversidades. Y así es, porque cierran el prólogo.
En cambio, en las ediciones canónicas de la obra que circulan hoy,
resulta muy difícil de ver tal remisión al estar rematado el
prólogo por ese nuevo párrafo que no encaja.
Basta sólo con colocar en su sitio ese “Suplico
a Vuestra Merced” para que cobre sentido todo: es el comienzo del relato
de Lázaro, de ese “hombre” al que se refiere su creador, el escritor,
en el prólogo. Este debería acabar, pues, en “vean que vive
un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades”, que cierra adecuadamente
las palabras con que el escritor habla de su obra y la ofrece a sus lectores.
De este modo, recobra también su sentido el antes
extraño “Suplico a Vuestra Merced reciba el pobre servicio”, porque
Lázaro se dirige a la persona que ha solicitado información
sobre el caso y le ofrece contarle lo que sabe. No dice que le escribe, y
no puede decirlo porque Lázaro no sabe escribir, pues ni ha ido a
la escuela ni dice que haya aprendido a hacerlo. Si leemos con cuidado el
texto, veremos que Lázaro dice “pues Vuestra Merced escribe se le
escriba y relate el caso muy por extenso…”; en la indeterminación
de la persona de ese “se le escriba” se está dando entrada al intermediario
necesario que tenía que existir entre el pregonero, analfabeto, y
la persona que le había solicitado la información, pues no
puede estar presente cuando Lázaro declara y cuenta lo que le interesa
a ella. La verdad es que Lázaro hace lo acostumbrado: empezar por
contar su vida en vez de ir al grano y hablar sólo de lo que se le
pide, del “caso”. Pero ya llegaremos a él, que está, como es
lógico, al final de su relato; porque, una vez contado, ya no tiene
sentido seguir con nada más.
[...]
El texto nos proporciona un dato esencial sobre “Vuestra
Merced” en la conversación que mantiene Lázaro con el arcipreste;
en ese momento, al decirle cínicamente el clérigo que no mire
“a lo que pueden decir, sino a lo que te toca; digo, a tu provecho”, Lázaro
se apresura a asentir, con una precisión que no es casual: “Verdad
es que algunos de mis amigos me han dicho algo de eso, y aun por más
de tres veces me han certificado que, antes que conmigo casase, había
parido tres veces”; a lo que añade: “Hablando con reverencia de Vuestra
Merced porque está ella delante”.
Hemos de detenernos en esto último, por cuanto
el pasaje ha sido leído de dos maneras distintas por los estudiosos.
En la primera, Lázaro le pide excusas al arcipreste por lo dicho ya
que su mujer está delante (antes ha dicho que ella estaba presente
en la conversación), y es a ella a quien se refiere el pronombre femenino;
pero ¿tiene sentido pedir excusas a alguien por algo dicho, porque
otra persona está delante? ¿Acaso puede el clérigo sentirse
ofendido por la palabra “parir”, que es la que ha provocado el uso de la
fórmula de cortesía, cuando tal verbo no puede afectar a un
hombre?
Otra lectura ve el pronombre “ella” aplicado a “Vuestra
Merced”. Y, en efecto, al ser la fórmula de tratamiento de género
femenino, a ella se refiere por ser el sustantivo femenino más próximo.
Y al sinsentido de pedirle excusas a un hombre por haber dicho la palabra
“parir”, que no puede ofenderle nunca, se une ahora el que le diga que lo
hace porque está él delante. ¿Acaso se dice a alguien
que está delante que lo está? Sería una sosa tautología,
sin función alguna, impropia del estilo cortado y preciso de Lázaro.
Pero hay una tercera lectura que solucionaría esa
ambigüedad, ese aparente problema del texto. Lázaro no aplica
el tratamiento de “Vuestra Merced” al arcipreste, sino, como siempre, al
destinatario de su relato. Al arcipreste le ha llamado “señor”: “Señor
–le dije–, yo determiné de arrimarme a los buenos”. Y después
de reproducir la conversación que tuvo con él, Lázaro
sigue contando a “Vuestra Merced” el caso; la fórmula de cortesía
la dirige a la misma persona para quien ha estado declarando, a quien todavía
se referirá un poco más adelante, al acabar fechando el caso:
“Esto fue el mesmo año que nuestro Emperador en esta insigne ciudad
de Toledo entró […] como Vuestra Merced habrá oído”.
Cobra así sentido la afirmación“porque está ella delante”,
ya que, en efecto, esa persona no está delante cuando habla Lázaro;
pero él sabe que va a estarlo cuando lea la declaración de
la que está tomando nota un escribano. Y si le pide perdón
por haber dicho esa palabra que puede ofenderla es porque “Vuestra Merced”
es una dama; y el pronombre “ella” lo está indicando. Como ya vio
Rafael Lapesa , se usa el pronombre femenino para referirse a la fórmula
de cortesía cuando ésta se aplica a una mujer; y el masculino,
cuando a un hombre; hay numerosos ejemplos que lo prueban, y ninguno de que
no sea así.
[...]
Lázaro cuenta cómo su padre murió
en “la de los Gelves”, la famosa derrota que sufrió Fernando el Católico
en 1510. Cuando cogen al molinero por robar los costales que le llevan a
moler, su hijo tiene ocho años. Al padre lo castigan y destierran,
y se marcha como acemilero de un caballero, para morir con él en Gelves;
todo lo cual nos permite suponer que habría pasado un lapso de tiempo
de uno o dos años: en este caso, Lázaro habría nacido,
por tanto, hacia 1500. El relato está, pues, fechado con bastante
precisión en su inicio; y también en su final, pues el pregonero
termina datando la conversación que sella su actitud ante el “caso”:“Esto
fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne
ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes
regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo
estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”.
El Emperador entra en Toledo el jueves 27 de abril de
1525; es la primera vez que pisa la ciudad que se había destacado
por la revuelta comunera. En ella convocará unas Cortes muy celebradas
porque anuncia en ellas su boda con su prima Isabel de Portugal, un gran
acierto en todos los sentidos; y a ellas acuden numerosos embajadores, como
cuenta Francesillo de Zúñiga. Es un momento de paz y de máximo
esplendor del Emperador porque tiene prisionero en Madrid al rey de Francia,
Francisco I, vencido en Pavía. El texto no puede aludir de ninguna
forma a las segundas Cortes celebradas en Toledo, en 1538, porque pocos días
después de acabadas, ya en 1539, moriría la muy amada Emperatriz:
por lo que resulta impensable asociar con ellas los “grandes regocijos”;
aparte de que lo razonable hubiera sido que el escritor se hubiera referido
a éstas como las “segundas” Cortes toledanas. Aunque tales argumentos
sobran porque la palabra esencial es el verbo “entrar”: un mandatario o un
ejército sólo entra la primera vez en una ciudad.
Si tenemos en cuenta el tiempo relativo del texto, es
perfectamente coherente pensar que Lázaro tuviera unos veinticinco
años cuando vive el episodio narrado al final de su declaración.
Con él encajan también los otros detalles relacionados con
el tiempo histórico que hay en el texto: se menciona al espadero de
Fernando el Católico, Antonio, como de tiempos pasados; a una espada
de las viejas de Cuéllar, artesano que está documentado en
1529 en Toledo; se habla de “los cuidados del rey de Francia”, que estaba
entonces prisionero en Madrid, y del duque de Escalona (“Estábamos
en Escalona, villa del duque de ella”), don Diego López de Pacheco,
a quien dedica Juan de Valdés su Diálogo de doctrina cristiana,
impreso en1529.
Incluso ese “año estéril de pan” (o trigo),
que lleva al Ayuntamiento de Toledo a expulsar a los pobres que no fueran
de la ciudad y deja condenado a la hambruna al escudero, porque Lázaro
no se atreve ya a pedir por miedo al castigo de los azotes, está documentado
en dos cartas: una del Emperador al cardenal de Santa Cruz, de febrero de
1529 (escrita por su secretario Alfonso de Valdés), y otra del propio
escritor a Erasmo, fechada el 25 de ese mismo mes. Dice el Emperador: “El
trabajo que esa tierra pasa por falta de pan sentimos lo que se debe sentir”;
y Valdés: “A tal grado llegan nuestras restricciones que únicamente
se pueden alimentar los indispensables familiares”. Es la situación
que vivía Toledo en febrero de 1529, justo antes de que la corte del
Emperador abandonara la ciudad en dirección a Barcelona para embarcarse
hacia Italia a finales de julio. Indudablemente el año estéril
de pan que sufren en Toledo Lázaro y el escudero no puede ser éste
de 1529 (la acción acaba en 1525, como he dicho); pero sí es
un dato real, que sufrió Alfonso de Valdés en la ciudad y que
bien pudo llevar a su ficción.
No hay más que leer las cartas que los servidores del Emperador le
envían desde la Roma saqueada (1527) para percibir la importancia
de los cambios o prestamistas, y cómo su usura reduce a la mitad el
dinero, lo mismo que hace Lázaro con las monedas del ciego: “iba de
mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio”. No hay una sola precisión
real en el texto que no convenga a ese final del decenio de los años
veinte.
Los hechos cotidianos relacionados con el Emperador aportan
precisamente un dato esencial para la comprensión del contexto histórico
de la obra y de su argumento: Juan Dantisco, amigo de Alfonso de Valdés,
embajador de Polonia en España, le cuenta a su rey Segismundo, en
carta de 12 de octubre de 1526, un episodio galante del “confesor del Emperador,
obispo de Osma, de la orden de los Predicadores”–se trata del dominico Francisco
García de Loaysa–, y cómo, al verse éste descubierto,
lo acusa a él y a sus criados de luteranos (todo había sucedido
dos años antes, en Madrid). Dantisco se lo dice a Carlos V, y el Emperador
le pedirá “que le entregara esta historia escrita en francés,
sin nombrar a las personas, a no ser indirectamente”. El dominico (cuya amante
de entonces era una judía) dejará de ser confesor del Emperador;
pero seguiría siendo el gran enemigo de Alfonso de Valdés,
incluso estando ya en su “destierro” romano (en 1530), pues llega a acusarle
en una de sus cartas de no saber bien latín, siendo como era el secretario
de cartas latinas del Emperador.
Una obra fechada con tanta exactitud antes de 1530, entre
una derrota de Fernando el Católico, la de Gelves (1510) –su abuelo
llegó a ser un modelo muy molesto para Carlos–, y un momento
de gloria del Emperador, la entrada en Toledo (1525), cuando además
todas las precisiones históricas que hay en ella nos llevan a los
años veinte, no es razonable que se escribiera veinte años
después, hacia 1550, como figura en todas las historias de la literatura.
Tuvo forzosamente que escribirse poco después de que ocurrieran estos
hechos, hacia 1530 o 1531, ya que en 1529 –la fecha del año “estéril
de pan” en Toledo– se publican el Relox de príncipes y La Lozana Andaluza,
cuya lectura está presente en el texto del Lazarillo. Esos cinco o
seis años formarían además el margen entre los hechos
y la declaración de Lázaro que sus propias palabras finales
reflejan: “en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda
buena fortuna”.
Alfonso de Valdés murió en Viena el 6 de octubre de 1532.
[...]
El lector asiste a una sucesión de prácticas
religiosas hueras: oraciones que dejan de decirse en cuanto se marcha quien
las paga; misas en las que el cura sólo atiende a las monedas que
le dan; bodigos ofrecidos por los fieles, que se guardan avariciosamente
en un arcón, paraíso cerrado para el pobre; bulas que se venden
gracias a falsos milagros; a la vez que oye hablar de los regalos que hace
el cura a su manceba y al marido que cubre las apariencias… El escritor apunta
y dispara con certeza su sátira mordaz en clave de comedia.
Son muchas las pistas que se acumulan para perfilar el
retrato de un escritor erasmista, que a principios de los años treinta
escribe una agudísima sátira contra un desfile de personajes
eclesiásticos, entre los que introduce a un cortesano perdido
por la vanagloria y muerto de hambre, que ha nacido en la Costanilla de Valladolid
y es, por tanto, de origen judío. Elige para fechar con precisión
la obra un hecho cortesano de tono menor, pero que contiene un enorme valor
simbólico: la entrada del Emperador en Toledo, en el momento de máximo
esplendor de su reinado, pues tiene prisionero a su principal enemigo, el
rey de Francia, y reina la paz en su poderoso imperio.
Nada de todo esto desentona de lo que encontramos en el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma y en el Diálogo de Mercurio y Carón,
de Alfonso de Valdés, el secretario de cartas latinas de Carlos V,
de origen judío y, sin ninguna duda, el mejor valedor de Erasmo en
España. El primero de los diálogos es un ataque frontal contra
la jerarquía eclesiástica y contra el ejercicio continuo de
la hipocresía y de otros vicios en los religiosos. En el segundo,
hay una estructura en sarta semejante a la de los amos de Lázaro:
la forman las ánimas que van ante Mercurio y Carón para subirse
a la barca; todas ellas pertenecientes a personajes eclesiásticos
o cortesanos, que tuvieron en vida el mismo código de conducta
que los amos del pregonero.
[...]
¿Por qué los lectores no nos habíamos
dado cuenta de que Lázaro informaba a una dama sobre la conducta de
su confesor, de que éste era“el caso”, donde él desempeñaba
un papel destacado? ¿Cómo no habíamos visto que la preocupación
por el secreto de confesión –tan erasmista– es lo que sustentaba esa
genial obra literaria? Sencillamente porque nos falta la clave de lectura
de la obra, nos falta el Argumento, parte que aparece, tras el prólogo,
en muchas creaciones de comienzos del siglo XVI, desde el mismo Relox de
príncipes al Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, pasando
por La Celestina, La Lozana Andaluza o Tirante el Blanco. Lo
encontramos también en los relatos de Masuccio, y en muchas obras
más. Esas tres o cuatro líneas, que hubieran bastado para desvelar
al lector el sentido de la obra, alguien las quitó, tal vez para borrar
lo más explícitamente subversivo del texto (era obligado que
se mencionara en ellas el sacramento de la confesión). Y al suprimir
ese fragmento –quizás escrito en un folio–, se fundieron dos partes
distintas, el prólogo y el comienzo del relato. El impresor al que
le llegó la obra así mutilada se dio cuenta de que el prólogo
estaba unido al comienzo del texto, e intentó separarlo por donde
le pareció; y lo separó mal, porque creyó que empezaba
el relato de Lázaro donde el joven decía su nombre. No hay
más que ver las ediciones de 1554 impresas en Burgos y en Medina del
Campo, que son las más cercanas al original perdido, para advertir
otra anomalía: no se separa apenas el final del prólogo del
comienzo de la obra, mientras sí se hace con el principio de los otros
capítulos, con blancos, con ilustraciones. El impresor de la edición
de la que se derivan todas las conservadas hizo lo que supo: separar –aunque
mal– lo que estaba fundido, el prólogo y la obra, poniendo de su cosecha
un epígrafe al primer tratado (“Cuenta Lázaro su vida y cúyo
hijo fue”), que no cuadra con su contenido.
Por todo ello, como cierre, me gustaría sugerir
unas mínimas instrucciones para el correcto manejo (o lectura) del
Lazarillo. Hay que trazar una línea, después de “vean
que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades”, y separar
ese párrafo final mal colocado. Luego no sería imprudente ahondar
en la lectura del texto; seguro que, además del gusto que siempre
se ha tenido al leerlo, se verá mucho más, porque en él
el filo de las palabras es agudísimo.
E incluso me atrevo a pedir que se tache ese rótulo de “anónimo”
que aparece en las ediciones del Lazarillo que circulan, y que, en
su lugar, se ponga el nombre de su autor: Alfonso de Valdés,
un perdedor –y un escritor genial–, al que es de justicia devolverle esa
obra extraordinaria. Como tal vez él quisiera haber dejado escrito
su nombre en el título de su creación –ya que era peligrosísimo
ponérselo en la portada–, no hay más que subrayar, en La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades,
las tres primeras letras (LA V), leerlas como si fueran de escrito hebreo,
de derecha a izquierda, y añadirles las tres últimas
(DES), ya como de texto latino; aparecerá así su nombre: VALDÉS,
y su vida cifrada en él.